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Taller de poesía


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Saúl Ibargoyen – Presentación

Saúl Ibargoyen un uruguayo radicado en México, poeta, narrador, docente, militante. Fue uno de los fundadores de Asesur, la Asociación de Escritores de Uruguay.

Con tantos títulos editados, 70 por lo menos, se hace difícil presentar a Saúl y su obra.

Menos mal que me acotó bastante la intervención, me encargó presentar un solo volumen. Pero qué. Un solo libro que además es una antología y para empeorarla no tiene nada que ver con su mirada íntima, su erótica mía, sus emociones y desilusiones y afectos muy intensos. No. Es una antología personal de poesía militante que abarca desde 1958 hasta el 2014. Recopila sus poemas “sociales” ya publicados y me atrevería a decir con algunos retoques, actualizando un verso aquí una palabra allá, por ejemplo en el que inicia  El escriba otra vez, cuando introduce, como un cronista atento y dolido, Ayotzinapa lo que inmediatamente nos remite a los 43 estudiantes desaparecidos.

Una hermosa edición argentina con prólogo de Jorge Boccanera quien comenta “que es una escritura vibrante por la libertad” y que “su poesía es una exploración constante, desde ángulos diversos a los incontables universos de cada día”.

Poemas sociales, poemas políticos, poemas llenos de humanismo. Saúl arremete con el orden pre establecido y le pega con rabia, con argumentos, posicionándose en el papel del poeta que además de amores, desgarros, que le dan materia prima para su creación, doliéndose o exaltándose con sus propias peripecias, se planta y como Terencio clama que nada en el mundo le es ajeno. Y se compromete. Esos poemas seleccionados a partir de libros ya publicados, así cobran más sentido. Es como si Guernica de Picasso  junto a los trabajos de Goya, y los versos del Vallejo lacerado por la Guerra Civil española se hubiesen conjuntado y gritaran su dolor por el mundo que se nos va de las manos. Que se nos va pero que tozudamente con la denuncia de las atrocidades, mantiene en sus versos un esperanzado llamado a la paz, a la posibilidad de vivir en una sociedad mejor y como señala el prologuista, es un canto a la libertad. No le es ajena la historia ni los líderes ni los que revolucionaron el pensamiento en teoría y praxis. Dice en elBorrador para un poema a Carlos Marx: “ un hombre con ropas cansadas camina sencillamente por las duras calles –que suponemos húmedas – de Londres. Debajo de su barba dispuesta para sólidos retratos silenciosa ante los hijos muertos deshecha en el taller generoso de las revoluciones. la corbata anuda una flor solidaria y un corazón trabaja bebiendo las voces de Europa las miserias y luchas totales que explican y cambian el mundo”.  Y le dedica un poema al ché y otro a Lenin, a Hiroshima, increpando al presidente de los EEUU, Harry Truman: “y es curioso que el señor Harry Truman también haya fallecido en Hiroshima City o en Nagasaki City – dos ciudades gemelas en el dolor- adonde todavía tanta carne quemada lo recuerda”.

Y aquí una reflexión.  ¿Es lícito que un poeta, encare entre sus obras también los temas que hacen a la política?

Neruda en plena segunda guerra mundial le cantó a la epopeya de una de las batallas más determinantes para la derrota del nazismo: “Yo escribí sobre el tiempo y sobre el agua, describí el luto y su metal morado, yo escribí sobre el cielo y la manzana, ahora escribo sobre Stalingrado”

Roque Dalton y sus poemas es otro ejemplo más cercano, de poesía militante.

Creo que sí. En el sentido gramsciano del intelectual comprometido con su tiempo y con la humanidad. Claro que son opciones. Yo siempre apelo al pobre BB que concebía sus piezas teatrales como espectáculo pero también como un sacudón en los asientos del espectador. Capaz que nos remontaríamos a escritores como Tolstoi que escribió La guerra y la Paz y nadie osa poner en tela de juicio que era un alegato a favor de los hombres.

Bueno, Saúl le puso título a la presentación. Cantar pa’ delante. De eso se trata. Si habrá que cantar. Cantar para avanzar aunque haya retrocesos en este camino hacia la liberación definitiva.

Muchas gracias.

Betty Chiz

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POÉTICA DEL VIENTO, TERRITORIO SONORAMENTE SIGNIFICATIVO – OSCAR WONG – SOBRE ERÓTICA MÍA DE SAÚL IBARGOYEN

Poética del viento

Territorio sonoramente significativo

Oscar Wong

Desacralizar a la poesía, ahondar en la dimensión lingüistica, buscando las posibilidades del lenguaje, partiendo del vínculo estrecho: expresión-contenido-intención-resolución, fue, a mediados del siglo XX, una pretensión y un lobro. En este sentido, Fernando Alegría señalaba la clara orfebrería de índole ornamental en la primera etapa de Vicente Huidobro -“de raíz parnasiana y tonalidad romántica”- y el lenguaje cotidiano mezclado de fórmulas pedagógicas y sentencias de pillería popular, que unía obscuridades y claridades en Nicanor Parra.
Esta manera de enfrentar al mundo partía de dos vertientes: 1) el mundo como caos y el hombre víctima de la razón y, 2) la actitud revolucionaria, donde la realidad se mostraba en su complejidad y hondura, por lo que ante el desmoronamiento de la racionalidad establecida, el poeta busca redescubrir la cadencia implícita en el lenguaje y apoyarse en las asociaciones de sentido que la escritura postula. Es evidente que la Revolución Cubana, así como los procesos sociales en Hispanoamérica -golpes de Estado, gorilatos, represión, persecución y encarcelamiento, etcétera-, marcó la pauta. La expresión lírica generó ese logos social, que conciliaba la ética y la estética. Literariamente hablando, México continuó con su tono crepuscular (Pedro Henríquez-Ureña dixit) y salvo algunos autores como Sergio Mondragón, Efraín Huerta y los integrantes de La espiga amotinada, no hubo pretensiones de vanguardia o de adecuación de los contenidos versiculares.
Pero si Huidobro descubrió los ritmos internos, el valor técnico de la imagen y trabajó la zona del lenguaje con una estética basada en la fanopea (como indicaba el viejo Pound), donde la imagen, no del orden ornamental, sino como visualización dinámica, repercute en el aspecto morfosintáctico, provocada por el movimiento, la tensión interna del verso. En la poesía de Saúl Ibargoyen se advierte y se revela la presencia de la realidad sugerida a través de superposiciones, desnudando al lenguaje de su exterior retórico y devolviéndole su sentido primigenio, su preciso contenido, como se advierte en Nuevas destrucciones, publicado por el instituto Mexiquense de Cultura, en su Biblioteca Mexiquense del Bicentenario en 2008.
En este libro, Ibargoyen se plantea, líricamente, cómo abordar el entorno circundante a través del lenguaje, de la palabra, observada como “forma escondida” en busca de “vibraciones hálitos humedades”, o bien como:

un sucio núcleo de luz nunca tocada
donde cada nombre
de cada soñada muchacha o mujer
o sólo hembra
alcanza a renacer
y se disuelva

Armonía racional, sí, de expresión sensorial, enfrentada al juego sonoro de los significantes -la idea generando el ritmo, como advertía Huidobro-; prosaísmo, frente a un lenguaje acaso violentado. Pero siempre la radicalidad: borde y reborde del Yo poético, desplazando lo extremo. Previamente, en un poemario triunfador en los XXXIV Juegos Florales de San Juan del Río, Querétaro en 2004, denominado precisamente ¿Palabras?, el poeta uruguayo, ahora nacionalizado mexicano, se asume como escriba, como un cronista que testimonia las “iluminaciones / de energía congelada”, aunque finalmente “penetra las fibras o raíces / del polvo extranjero”. Aquí también la preocupación social se establece como una firma mojonera lírica, así como la desacralización metonímica:

El sol de esta tarde
camina entre el polvo
que otros osles viejos
pisotearon.
Hay cenizas
renovándose en las calles
calientes de Ensenada.
Y en ti se produce
la levedad de una sombra
que tal vez
no acabe de pasar

Coincidencias, territorialidad del lenguaje y la visión cotidiana, con una estética que pretende establecer, apropiarse de la realidad inmediata con un lenguaje desacralizante. Lo discursivo frente a la exaltación lírica -entretenida como emotividad cuasi desbordada y, por tanto, centrada en el sujeto-, que genera reflexiones lingüísticas, puesto que la analogía fónica genera una analogía de sentido. Y lo que el chileno Huidobro manejaba -abandono de la métrica y la puntuación, manejo metonímico no como ornamento sino como un specto incorporado a la sonoridad versicular-, también se advierte en Erótica mía, poemario de Saúl Ibargoyen, que ahora celebramos. Amor, como deseo de completud, ciertamente. El erotismo manifestado en imágenes terrenales, cotidianas, aunque no exentas de lirismo.
Erótica mía puede considerarse, en su conjunto, como blasón, como un canto férvido a la mujer, a la dómina, a la dueña, como anhelaban los trovadores provenzales del siglo XII. Aunque la exaltación del amor desgraciado, que significa a la poesía trovadoresca; el amor perpetuamente insatisfecho, no se presenta en Ibargoyen. La mujer es real y concreta, no idealizada… aunque se le canta de maenra sensible, emocionada. Esa es la gran diferencia entre la visión contemporánea y la de los trovadores y troberos. Poer eso el poeta Ibargoyen es capaz de salmodiar eróticamente lo siguiente:

Besar es oficio
que a veces nos pierde
en bocas de bestias oscuras
en grietas dolorosas
que el sudor ilumina.

O bien establecer los límites entre la realidad literaria y la realidad del entorno:

A toda voz claman por ti
los timbres del teléfono
y tus orejas se acuestan
sobre el cable blanco
por donde corre el susurro
de mis dedos
que marcan y destruyen
una cifra de incansable impaciencia.

La propuesta estética, discursiva, es reveladora. Se canta al amor humano, mundano, agregaría, puesto que la pasión remite a la sexualidad, que indudablemente debe ser saciada. Aquí la pasión asume la forma del deseo, “y ese deseo, a su vez -Rougemont dixit-, se disfraza de fatalidad”. Es válido recordar lo que en El amor y Occidente precisa Denis de Rougemont:

El ardor amoroso espontáneo, premiado y no combatido, es por esencia poco duradero. Es una llamarada que no puede sobrevivir al resplandor de su comsumación. Pero su quemadura continúa siendo inolvidable y los amantes quieren prolongarla y renovarla hasta el infinito.

Pero si arqueológicamente y míticamente el lenguaje, la palabra misma, extravió su primera substancia, su transparencia, en virtud de la dispersión que ocurrió en la Torre de Babel, es válido buscar ese secreto que la palabra contiene en sí misma, no en la superficie, y recuperar los huecos léxicos, esa significación que subyace petrificada en la palabra, como obserba Héctor Álvarez Murena en La metáfora y lo sagrado. Originalmente los nombres denotaban aquello que designaban; aunque aún persiste un fragmento silencioso, un saber que tiene esas propiedades inmóviles que subyacen en ese espacio que la similitud, la analogía, dejó en la nada, en el vacío. La semejanza de las cosas se ha extraviado. y más de una lengua a otra, revela Foucault.
Este extravío substancial, lírico, ha sido abordado por Ibargoyen en Erótica mía donde la expresión asume una doble vertiente: escritura y lectura y, además, una visión del mundo contemporánea. Hay, desde luego, un pernne cuestionamiento sobre los modos de poetizar, soslayando los rígidos cánones tradicionales -métrica y rima- y concibiendo al verso como un código ritmo, un ámbito sonoro donde la respiración y la tensión interna juegan un papel determinante, puesto que pretende abordar las posibilidades que el lenguaje ofrece para entregar el contenido del poema. Se advierte el fraseo prosódico, la oralidad que se entroniza en la grafía.
Previemente hubo, desde luego, que subvertir el orden, el statu quo de la expresión lírica para generar un logos social, por lo que ahora la poesía significa testimonio y conciencia, praxis e ideología. Logos social, sí, sensualmente amoroso, donde ética, estética y erótica pretenden conciliarse en ese espacio textual del poema, en ese territorio sonoramente significativo.


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PRESENTACIÓN DE TODO Y NADA-EDGAR PAZ

TEXTO ESCRITO POR NELIO EDGAR PAZ PARA LA PRESENTACIÓN DE LA NOVELA TODO Y NADA, DE SAÚL IBARGOYEN, QUE SE LLEVÓ A CABO EL 11 DE SEPTIEMBRE DE 2015 EN EL CENTRO CULTURAL DE ESPAÑA EN MÉXICO

.

Es imposible que me proponga comentar este nuevo libro Todo y nada de Saúl Ibargoyen, sin hacer referencia a otros anteriores: Toda la tierra (año 2000), Sangre en el Sur (2007) y Llorar pa´delante (2013).

La mención a ciertos tópicos que el autor ha tocado en casi todos ellos me permitirá desbrozar el terreno para que caminemos juntos en esta aventura narrativa. No es una sorpresa para los lectores que ha cosechado Saúl en estos últimos tres lustros su capacidad para la creación de personajes anclados en una intemperie emocional, en un desastre personal que siempre termina arrastrándolos hacia un remolino poderoso o un agujero negro, y tragándose a todos quienes se acercan, o nos acercamos, a sus bordes engañosos y tentadores.

La novela que hoy nos reúne es el resultado de la labor de múltiples narradores, y también es casi un coro teatral griego el que nos va guiando en la historia de la familia Hudson, desde la aparición en escena del patriarca de la dinastía, John Richard, gringo que amasa su fortuna como tantos terratenientes, sobre la explotación de braceros y migrantes, pero que muere violentamente a mano de uno de sus peones. Su viuda, que carga un hijo adolescente llamado Marcial, vende las tierras y cruza la frontera hacia un destino incierto. Hago la acotación de que siempre hubo y habrá fronteras en los libros de Ibargoyen, ya como vano intento de impedir el contacto humano o como territorio propio y diferente de los demás.

Marcial será entonces el constructor del imperio del café Kawa, que además de la exacta mezcla de los granos perfectos importados de regiones exóticas, se basa en el agregado no muy estrictamente dosificado de un polvillo blanco que eleva y potencia las cualidades de la bebida aromática. Así ha conquistado mentes y mercados la familia Hudson, pero también se ha enriquecido escandalosamente enroscándose sin pudor con los políticos corruptos y con los poderosos medios de comunicación como Tevetodo, aquellos que crean, sostienen y endiosan a esos políticos, propiedad de los hermanos Emilio y Emiliano Mascarra. Debe escucharse cómo se abre un paréntesis: cualquier contacto con la realidad de algún país en el mundo es solamente coincidencia; se oye cerrar el paréntesis.

Micki, el delfín del imperio, recorrerá su camino vital rodeado de personajes que solamente este grupo de narradores puede crear: un “valet” al viejo estilo del siglo XIX, pero aggiornado para todo servicio de verdad, desde bolear zapatos hasta prestarse de buen gusto a los tríos amatorios, Tu Chang, obviamente un chino pero no cualquier chino, porque este profesa la religión de los judíos sin despreciar el taoísmo o la lectura de la Cábala, un chofer “brasiliano”, Adriano (la rima es de los narradores e involuntaria), ex futbolista, portero que se negó a las corruptelas de la FIFA y se transformó en un paria, Amancia, una nana que cumple las mejores fantasías de un complejo de Edipo no realizado con la verdadera madre, Antonieta Urrieta Mendieta, y un cura, siempre hay un cura en las novelas de Ibargoyen, Bendito Puro Facholo. La galería de personajes se extiende mucho más, algunos de ellos con nombres inspirados en emperadores romanos (Augusto, Neroncio) o guerreros famosos como Alcibíades, padre de Micki, protagonista éste central, pero nunca único, de la novela.

El hilo visible y cada vez más brillante del sexo practicado con todo y con todos, los diferentes especímenes que aparecen desafiando inclusive la imaginación más atrevida, el ritmo galopante de una vida exprimida sin contemplaciones ni medida hasta la última gota por Micki no excluye, aunque parezca contradictorio, el que en muchas ocasiones él y otros personajes se encuentren buceando en reflexiones que los sorprenden.

Como parte de una manera de narrar inusual, aparecen en el texto neologismos e invenciones de términos que recurren al sincretismo lingüístico, y es así que los personajes más encumbrados nos hablan con términos vulgares mientras los más ignorantes, en apariencia, se dirigen al lector mezclando estilos arrabaleros con parrafadas seudofilosóficas.

El novelista se inventa y se apoya en varios narradores e incorpora los testimonios de informantes, fragmentos de diarios personales, espionajes mal realizados que se resumen, traducciones instantáneas al mejor estilo de los navegadores web. Así, el “escriba de pie” invita al lector a un juego en el que quien recorre las líneas escritas en papel de izquierda a derecha será sorprendido por recursos irónicos o pequeñas trampas a nuestra ingenuidad y a nuestra fe en la letra impresa. Se agradece que así sea, dado que el hilo de Ariadna de la narración prosigue, sin antes ni después.

Saúl juega con nosotros, pero juega también con la verdad establecida acerca del tiempo, ese que hemos dado en llamar “tiempo real” y se apoya en Stephen Hawking para llevarnos a la duda de que “en esta dimensión (la de la novela, aclaro) los tiempos funcionan de otro modo.”

También en varias de sus obras, Saúl ha vuelto una y otra vez sobre temas que parecen ser cardinales en el desarrollo de su narrativa: el o los narradores, los tiempos simultáneos que se superponen y recombinan situaciones solamente explicables con la física cuántica, donde se afirma, luego de experimentos realizados, que ciertas partículas subatómicas son capaces de estar presentes en dos espacios al mismo tiempo. También, debe aclararse, aunque el autor no cree en la casualidad sí es devoto más bien del azar, que es otro dios diferente y con más poder. La inquietud de Saúl por el tiempo, el o los narradores y su conexión con un o unos posibles lectores, aparece también en otros textos suyos, por ejemplo, cuando nos dice:

“Lo que cada lector lee es sólo la cáscara de un complicado acontecer siempre impermanente, tan subjetivo como colectivo”.

“El posible lector (o escucha, en caso de que le cuenten esta ya encarrerada narrativa), habrá de sospechar, casi de seguro, que algo no se ajusta a la contextura del personaje central”.

Llorar pa´delante (2013)

“Lo que es muy cierto, señor, créame, es que uno termina por no darse cuenta si vivió la coyuntura o se la contaron (…) o como una vez que alguien me contó mi propia historia que yo le había contado… como si fuera la de él.”

Sangre en el sur (2007)

En 2013, con motivo de la publicación en Montevideo de Llorar pa´delante, comentaba Saúl en una entrevista:

“Al lector se le abren muchas opciones… El autor, o los autores, lo que pretenden es mostrar sucesos en distintas dimensiones, distintos planos, para que el lector tome de ahí lo que quiera, que haga lo que quiera, que plantee sus opciones, no se trata acá de un presunto autor que tenga toda la verdad, el autor no es un dios (…).”

Coincido, el autor no es un dios, pero Micki sí, porque de esa forma se ve reflejado en un espejo y así se siente, de allí que aparezca un día en los estudios de Tevetodo con ropajes y plumas de Caballero Águila.

Puedo imaginar, o mejor dicho casi asegurar, que la novela de Saúl está inspirada en la breve y expansiva vida real del magnate argentino Ricardo Fort, heredero de una poderosa industria del chocolate, que acumuló al final de su periplo existencial más de 200 millones de dólares, dos hijos producidos en un vientre de alquiler y 27 operaciones en su sufrido envase carnal.

Ese personaje y esa persona real también utilizó la televisión para promocionar, vender y explotar no solamente su imagen, que de eso se trata la televisión, sino para engrosar sus cuentas bancarias, así como en la novela un terrible suceso servirá para que la familia Hudson, en

alianza con Tevetodo, prosiga en la cúspide de la lista de los más “ricos y famosos” de Forbes.

No ha sido el novelista, el narrador, quien inventó las clases sociales. Pero sí sabe muy bien de su existencia y de la tozuda voluntad milenaria que han acumulado los poderosos junto a montañas de dinero para presentarse como seres diferentes, mejores, elegidos, tal como lo han hecho los Hudson con su imperio del café Kawa. Pero la señora de la guadaña, la parca, la calaca, muy democrática ella, no repara en esos detalles y se los chinga igual (Ibargoyen dixit).

Y una última acotación: Saúl exprime y doblega una manera de escribir que ya domina en su narrativa y nos enfrenta a esa verdad que por sabida no es menos verdad: los poderosos y sus Academias de la Lengua (Reales, con mayúscula, y de las otras, las plebeyas) han diseñado una estructura de comunicación a través de la semántica y el significado de las palabras para disimular, engañar y ser “políticamente correctos”, en particular con la denominación del cuerpo y sus funciones.

Pero Saúl, profundo observador del paisaje geográfico y humano de su tiempo, es él mismo tan profundamente humano que no desprecia ni ahorra descripciones que chocan con “el buen gusto” o son francamente escatológicas. Escuchemos cómo lo decía en Toda la tierra en el año 2000:

“Porque toda mierda, dijo mi abuelita, es un simple montón de fecalidades mal digeridas. Y porque el dueño de los dineros no caga: se alivia; y no duerme ni ronca ni carraspea: descansa; y no coge ni bombea ni templa ni trepa ni fornica: ama; y no traga: se alimenta; y no se hace dar por atrás: accede a graciosas posturas…”


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LUCÍA IZQUIERDO: EL VERBO CÓSMICO – RESEÑA – SAÚL IBARGOYEN

Según algunos gnósticos, las galaxias serían las moléculas del cuerpo de Dios (o del dios). El universo forjado por Lucía Izquierdo en este su primer poemario parece conformado por núcleos de astros representados por versos de irregular extensión, versos expansivos que sugieren y/o expresan no solo movimiento, sino un continuo de destrucciones y transformaciones. Trataremos de escarbar en las posibles raíces de esta propuesta que, además, conlleva una carga erótico/afectiva y su correspondiente poética del engarzamiento carnal.

Si bien la autora apela a abundante información referida a la astrofísica y a matizados momentos de la diversidad cultural, regidos

por un hablante femenino en primera persona del singular, el cimiento verbal denota la fuerza de los factores amorosos. Vemos, al menos en parte, que los tonos sapienciales, reflexivos y filosóficos a veces limitan el canto, aunque fortalecen la propuesta en un sentido épico. Y la misma consiste, pensamos, en la construcción dialéctica de una cosmogonía personal. Esto podría revivir la afirmación de Vicente Huidobro: “El poeta es un pequeño dios”.

Como se sabe, a partir de las genialidades de Eratóstenes de Cirene y Aristarco, hace más de dos mil años, nuestro planeta fue medido con sorprendentes aproximaciones y fue ubicado, girando, en un lugar que apuntaba hacia los espacios sin fin. Giordano Bruno sacudió a la Iglesia con sus ideas de la existencia de incontables universos (la hoguera fue el castigo); hoy, Stephen Hawking afirma

que hay infinitos multiversos (infinitos grupos de universos), etc.

¿Y la nada? ¿Qué quedaría sino como una mera abstracción especulativa, que en este poemario se traduce con el sustantivo muerte?

¿Debemos buscar en tales antecedentes las íntimas raíces de este Uni-verso? ¿O asimismo en la Teogonía de Hesíodo, que describe y descubre el nacimiento de los dioses y del mundo? ¿O en la Metamorfosis de Ovidio quien, en sus 12 mil exámetros dactílicos,

propone la transformación incesante de la “Gesamtheit” (totalidad)?

¿O en el Cántico cósmico de Ernesto Cardenal”, al que un crítico denominó “la nueva Divina Comedia ”?

En verdad, en cuanto mero lector, los 36 poemas de Uni-verso constituyen 36 instancias de un mismo proceso constructivo que se vuelve referencia de sí mismo, que reitera y enriquece incontables variaciones, que recurre a búsquedas espaciales en cada página, que

amplía significados por medio de insólitos tiempos verbales y de numerosas rupturas de sistema, a más de que se utilizan palabras en altas, al modo inaugurador de “Un coup de dés”.

En todos estos versos -pues la poesía no se escribe, se escriben los versos, que son el avatar de la poesía- militan erosiones no fáciles de percibir y se sueltan sonidos, silencios y sombras inimaginables (de estas se dice que resultan ser la antimateria de los fotones que son bebidos y exaltados en el poemario). La luz es un personaje aquí, tocando cada punto del cosmos inventado por Lucía Izquierdo, haciendo su lucha en medio de una sopa de innumerables partículas subatómicas mezcladas en un orden no definido con astros, nebulosas, constelaciones, galaxias (no hay diferencia entre lo grande y lo pequeño: la poeta lo sabe); en fin, una luz que sostiene los viajes de la poeta, convertida en exploradora o astronauta en este orbe personal e inmedible (podríamos decir, parodiando a Heidegger, que el ser humano es un ser para la luz).

Lucía Izquierdo ha optado por el arquetipo del vuelo y lleva en su equipaje imaginario datos de lo terrestre; de la liberada carnalidad del humano amor; de las vibraciones tal vez de la infancia asumidas en ese gato que Alicia, sin ser nombrada, ubica en un par de poemas; de la crueldad del sistema capitalista en su numerología: 43.

Pero ese vuelo no derrite la cera de sus alas, no hace que la Tierra se vea como un grano de mostaza. La voz poética o hablante lírico es el vuelo mismo y a causa de una extraña energía espiritual,

logra atraernos hacia una tentación fáustica, indomeñable, inusual en

nuestras letras y productos culturales.

Para terminar estas balbuceantes e imperfectas líneas, anotamos la sutileza aplicada al uso de la intertextualidad creativa, y también la presencia de la muerte en cuanto un universo paralelo marcado por la soledad.

Gracias, Lucía Izquierdo, por enfrentar y quebrar con tu oratio vincta sin trabas, tantas banalidades versales y tanta vaciedad de contenido que vemos en estos días, restos de épicas trasnochadas y purismos a modo del sistema. El poeta uruguayo Ricardo Pallares escribió a propósito de otro libro lo que también podría caberle a Uni-verso: “En medio de los desmoronamientos posmodernos que llevan a confundir semánticas y modos con poesía, este libro procede a una creación autónoma que es relevo y al mismo tiempo testimonio vital y compromiso.”*

Saúl Ibargoyen

*Lucía Izquierdo, Uni-verso, Editorial Fridaura, Editorial Juntaversos, Ars Norte, México, 2015, 69 pp.


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Y DIOS CREÓ CON LA PALABRA Y EL POETA CON EL ALMA… (HOMENAJE A SAÚL IBARGOYEN) – MARTHA LETICIA MARTÍNEZ DE LEÓN

Este texto fue leído en la Feria Universitaria del libro de Pachuca, con motivo del reconocimiento hecho por la Universicad de Hidalgo y la FUL al poeta Saúl Ibargoyen el 23 de agosto de 2015. Intervinieron en el evento Patricia Sierra, Marisa D’Santos y un público de más de cien personas, la mayoría jóvenes.

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Y Dios creó con la palabra, llamada por los antiguos vedas vak, teniendo relación con el aliento que se dispersa en el mundo después del latido del corazón, después con la filosofía griega, la palabra se convirtió en el logos, es decir, no sólo se quedó en lo que nace del corazón, sino que se reveló esencia de la inteligencia y del pensamiento divino.

Algunos hombres se hicieron escribas, crearon himnos, Salmos, cantos dirigidos a su dios, a la naturaleza, a la esencia divina, se cuestionaron el ser, y buscaron en el más allá de lo externo las preguntas interiores que dieran respuesta a lo que se es, pero, entre cada una de estas presencias surgió el poeta, aquél que entre sus pasos sentía jalar no sólo su propia vida, sino, que sintió el peso de los días al atraer extremos del universo, del dolor del mundo, que tuvo las estrellas en sus ojos porque abrazó la felicidad del niño y la inocencia escondida en los hombres y las mujeres que buscan llevar por otro lado los desafíos del destino. Sí, estos hombres y mujeres que en su caminar trazan la búsqueda, más allá de la razón, de lo espiritual, porque saben que la vida es un misterio que necesita recogerse en pequeños fragmentos convertidos en Cosmos, ya no en el universo que cubren sus pasos, sino desde el Cosmos, porque ya tiene un orden en las palabras que se escriben en el papel.

Pero con el paso del tiempo, algunos de estos hombres olvidaron el misterio de la ofrenda, de la búsqueda y se perdieron en la necesidad del reconocimiento prostituyendo no sólo su realidad, sino la de todo aquel que busca en su conocimiento descubrir, pero este paralelismo es necesario frente a la realidad del escriba que sigue transformándose y que sigue sintiendo la necesidad de encontrar, de contemplar y de escribir lo que percibe, no sólo con sus manos, sino con todo lo que es en esencia. Dentro de estos escribas se encuentra Saúl Ibargoyen, un hombre que escribe incluso al guardar Silencio, un hombre que muestra no sólo los actos, sino la esencia, nos revela que un poema no es un conjunto de palabras, sino la unión de símbolos, un hombre que no ve en la metáfora un recurso literario, porque entiende que la vida tiene diferentes formas de ser nombrada.

Hablar de la obra poética de Saúl, tendría que llevar varias horas, días y no sólo por la gran cantidad de libros publicados, sino porque cada poema necesita un enfrentamiento con la simbología de cada vocablo, significa preguntarse el por qué esa palabra fue la elegida para estar ahí, por qué esa fue presa de sus manos, y aquí, es donde entra otra pregunta, ¿una palabra, es apresada o es puesta en libertad cuando un poeta la toma y la deja tatuada en el papel?

Una tarde, hace años, cuando tuve la fortuna de tener a Saúl de maestro, dejó la tarea de poner arena y sobre ella trazar palabras, aún recuerdo la sensación de mis dedos irrumpiendo esos pequeños granos de materia, palabras que con el paso de los minutos se hicieron trazos, líneas perdidas en un pequeño universo expandido en lenguaje que sin decir nada decía todo, ahí comprendí el sentido de los dedos que marcó Jesús en la tierra frente al Sanedrín, y agradecí en Silencio la experiencia. En ese instante comprendí que Saúl era la naturaleza primigenia del poeta, porque sabe introducirse en la materia de cada palabra, porque siente su presencia en su humanidad, y se vuelve roca, y se libera, y entonces, pude escuchar con mis ojos sus palabras, (cito: el Silencio y la furia)

Desde esta letra inicial comienza el principio del origen

déjame pues transitar el papel y el sonido

la tinta y el Silencio”

Y ante estas palabras no puedo más que mirar al cielo, cerrar las manos, bajar los párpados dejando que cada una de estas palabras permanezcan y se dispersen en el interior, para así, desde el momento en el cual son leídas, formen parte de mi historia de carne y de Espíritu.

Desde el momento en el cual me pidieron, hablar sobre la obra poética de Saúl, me pregunte, cómo podría yo hablar sobre sus palabras, porque se puede hablar de la vida, de su estructura literaria, pero, ¿de la poesía?, ¿cómo hablar de la poesía?, y me refugié en sus propias palabras (cito. Poema Antes la luz)

nada hubo cercano a su propio ritmo

a su danza interior sosteniéndolo

nada hubo que se inscribiera

en el hondo indico con lenguaje mujer/hombre

ni en arcilla o roca

ni en susurro o nervio

ni en madera o cielo

y lo que hubo fue

y lo que fue

dejo de ser

porque, sólo puedo hablar desde lo que soy y desde ese espacio darle un significado a sus palabas, pero, ¿cómo podría hablar de la existencia que él le otorga a esas palabras?, acto que no es lo mismo.

Y entre ese recorrido, comprendí, porque en el lenguaje antiguo al lector se le dice “Caará”, tal vez, porque desde el momento en el cual se toma un poema el rostro de quien lee, toma un poco de lo reflejado en el rostro del poeta.

La obra poética de Saúl es un árbol, un inmenso roble, con infinidad de ramas, que llevan en sí mismas pequeñas hojas dejando claro que ninguna es igual, que cada una aunque se toque la misma nunca entrega la propia sensación, Saúl, otorga a cada palabra, el Nepesh, es decir, ese yo inmaterial que se relaciona con lo terreno, para que al pasar por la mirada reflexiva del lector se vuelva Pneuma, donde el yo se separa de lo terreno para ser uno con el todo.

La poesía de Saúl, se lee despacio, cada poema necesita el cierre del libro, para que se expanda en el Silencio, así al volverse a leer, lo ofrecido se esparcirá en el misterio que cada ser humano llevamos en el interior.

La poesía de Saúl no es como la Mishná, un tratado de palabras, de ahí que no pueda hacerse una crítica literaria, porque su poesía es el Ank, ese signo de vida tan significativo para los antiguos egipcios, porque lleva en sí misma la sabiduría de la antigüedad.

Tengo claro, que al pedírseme hablar de la obra poética de Saúl, se pretendía que hablará sobre su estructura, el estilo, la técnica, pero, ¿podría Platón, hacer una crítica filosófica sobre Sócrates?

La obra poética de Saúl no se define por la gran cantidad de libros editados, por el gran conocimiento que tiene de la gramática, para mí la poesía de Saúl ha sido parte de mis pasos, no sólo porque he tenido la fortuna de convivir con él en la cotidianidad, o porque he sido la poeta oscura, como me dice él, de sus talleres. Su poesía ha otorgado respuestas a mi vida en todo momento, cuando la asedia busca cobijar la existencia, cuando la euforia se precipita en la piel, cuando el ego intenta derrocar la búsqueda, en cada momento sus palabras y sus espacios se revelan otro de mis Libros Sagrados, sus vocablos me regresan al cauce, por ello, cito conforme los días, sus palabras (cito: Soneto XIX)

Este verso te dice que no corras detrás

del sueño que todavía no soñaste; pero mírate

huyendo de ti, de tus nalgas ensabanadas,

de las rojas gasas que tu entrepierna sostiene

Este verso te dice que un fantasma de huesos

Recorre las latientes latitudes de tu corazón

Como un esqueleto de papel mordido por los años

O el verbo carnal de un cuerpo que sí se desvanece

Este verso te dice, repitiéndose, que nadie

Esta tan solo como para inventar la soledad

Ni que nadie al irse del amor gana guerra alguna

Porque el desamor que en contra de ti ahora utilizas

Es un grito que encontrarás en la soñante boca

Cuando necesites usar al fin tus propias lágrimas

Y ante esto, ¿qué podría yo decir, cómo hablar de la sabiduría, cómo expresar lo que se deja en el alma?

Para finalizar diré, qué este texto más que hablar de la poesía de Saúl, es una puerta para que cada uno de ustedes lea su obra y perciba por sí mismo(a) la esencia, no de un maestro, no de un poeta, no de un escriba de escritorio, sino de un escriba,

un escriba de pie…

Martha Leticia Martínez de León… Silencio

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RAZÓN POÉTICA – SAÚL IBARGOYEN

El producto cultural que llamamos poesía contiene razónes que la razón no entiende. Una de ellas, sin duda, es la imposibilidad de una definición, más allá de cánones tradicionales o preceptivas de persistente rigidez. Otra, reside en que, como resultado de los desarrollos socioculturales iniciados hace milenios -mucho antes de las diversas invenciones de la escritura-, la oralidad inicial y/ el cántico primigenio todavía se filtran en la prosodia de los idiomas en que se dan distintos sistemas versales. Además, al ser un fruto cultural tan complejo, se ha mezclado -tal vez desde su desconocido origen- con formas musicales primarias tomadas por analogía del ámbito natural, y luego con propuestas caligramáticas, visuales, experimentales y aun informáticas al vaivén de los cambios tecnológicos e ideológicos de cada época. Estos asuntos, como se sabe, han sido y son profusamente estudiados, como preocupación e interés de teóricos, críticos, escuelas y, claro, poetas.
En lo personal, mi razón poética se compone, por un lado, de la racionalización que todo examen de un asunto determinado conlleva (la poesía como género literario, los modos versales, relación entre verso y prosodia, lengua como material de la poesía, corrientes poéticas, tendencias históricas desde Sumeria a la actualidad, etcétera); y por otro lado, la indetenible necesidad creativa de la escritura versal (¿horror vacum?) junto con el trabajo imaginativo que, por analogía y por oposición, no deja de operar en el aparente silencio del cerebro, desde el nudo reptílico hasta la corteza (también es esencial el conocimiento tácito acumulado por el cuerpo).
Agrego que la poesía encierra casi todas las opciones de nuestra especie, y en todo cabe y de todo puede ser excluida; es tan natural como la respiración, por eso expresa las dimensiones del sufrimiento y el gozo, de la tolerancia y la injusticia, del desamor y la alegría, del abandono y la solidaridad, de la ausencia y el encuentro, de las guerras terribles y el acceso a lo sagrado. Tan inevitable como un crepúsculo. Y, en mi caso, las operaciones que se enlazan con la escritura narrativa, al punto de que a veces la descripción metafórica funciona como un mini relato dentro de un relato mayor.
Todo verso que se escribe o se imagina, que se recupera o se olvida, que crece inesperadamente en cuanto silencio o cántico, es parte de la búsqueda de eso que llamamos poesía, producto en definitiva tan fugaz como el universo conocido, al que por su mediación deseamos abarcar. Que las cotidianas mucas nos asistan.

-Saúl Ibargoyen


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GRAN CAMBALACHE DE SAÚL IBARGOYEN – RESEÑA DE ANGÉLICA SANTA OLAYA

GRAN CAMBALACHE

(Sobre el nuevo poemario de Saúl Ibargoyen)

Quiero comenzar agradeciendo a todos ustedes por acompañarnos esta noche y a la Casa del Poeta por brindarnos este espacio de expresión poética. Pero, sobre todo, quiero agradecer al querido maestro Saúl Ibargoyen que me haya conferido el honor de presentar este hermoso libro. Si de por sí es un honor acompañar, o ser acompañada, por mi maestro en estos gajes, en esta ocasión el gusto es mayor porque se trata de un doblemente hermoso libro. Lo digo por el contenido y por la forma. Gran Cambalache es una bella cajita de Pandora donde podemos encontrar la voz poética de Saúl Ibargoyen, inconfundible, rotunda e infatigable, como ya la conocemos; pero manifestándose, esta vez, en una diversidad de formas poéticas que sorprenden y emocionan en un solo libro. No me refiero sólo a los hallazgos tales como un poema a “¿Dos voces?” que es un diálogo poético de profundidad ontológica a la manera mayéutica de Sócrates donde la luz del autoconocimiento es producto del cuestionamiento y, aún dolorosamente, aparece a los ojos de la voz poética que decide no llorar. Tampoco aludo, sólo, a esos haikus que se manifiestan intempestivamente, como pequeñas y sabrosas gotas de agua, casi en la parte final del libro. Me refiero también a los reencuentros con algunos poemas ya clásicos y bien conocidos por nosotros, los que seguimos y apreciamos la prolífica obra del maestro Ibargoyen, como lo son “El escriba otra vez”, cauda resplandeciente de ese bello libro titulado “El escriba de pie”, que fue galardonado con el Premio Carlos Pellicer en el 2002; o el ya también, por él cantado, en diversos foros y momentos y que le da nombre a este libro: “Gran Cambalache”; homenaje de gran musicalidad dedicado al músico argentino Enrique Santos Discépolo.

Decía que “Gran Cambalache” es una admirable cajita de Pandora, y me refería también al soporte físico. Este libro es una joya no sólo por su contenido sino porque se trata de un libro maquilado, el término es correcto, como en el siglo XIX, 1887 para ser exactos, en una imprenta de tipos móviles donde cada letra es un paciente y meticuloso instante de tiempo que el formador deja en cada uno de estos libros como prueba de su, también, poético trabajo. El papel, la tinta roja, las letras que hablan al tacto de los dedos y al sentido de la vista ofreciendo sus pequeños canales y barrigas de papel son testimonio del tremendo cuidado y amor que este libro entraña. Texturas, colores, olores y detalles que delatan una acicalada elaboración que se convierte en delicia para el sibarita amante de la literatura.

El tango “Gran Cambalache” fue escrito en 1934 y es un lamento que se vierte sobre los acontecimientos de la Argentina de entonces denominados la Década Infame, inaugurada y clausurada por dos golpes de estado, y durante la cual las condiciones político económicas de la población fueron precarias debido a los pactos realizados con el Reino Unido que promovieron el desarrollo industrial y, con él, la migración de población campesina a las ciudades. Proceso también conocido en México más o menos en la misma época. Es así que el “Gran Cambalache” fue escrito poco después de una dictadura, la de José Félix Uriburu, que dejó al país sumido en una gran depresión, y represión, económica y, obviamente, moral. Entre las represiones sufridas se encontraba la del lenguaje lunfardo y las expresiones populares que referían críticamente a la ya mencionada Década Infame. De modo que el tango “Gran Cambalache”, fue censurado.

No es una casualidad que este libro se llame “Gran Cambalache”. Parte de la letra de este tango dice, proféticamente: “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé… en el quinientos seis y en el dos mil también… pero que el siglo veinte es un despliegue de maldá insolente ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcados en un merengue…” Llegó el dos mil y estamos en el 2015 y el gran merengue continúa a todo lo que da, no sólo en México y Argentina, sino en todo el mundo, como bien lo cantaba Discépolo. “¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!… ¡Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón!”, dice la letra de este tango, y agregaríamos: Y hasta presidente o juez o presunto actor. Porque antes la actuación era parte de la política; ahora son, literalmente, lo mismo, aunque de pésima calidad y sin conocimiento del tema.

El “Gran Cambalache” de Saúl Ibargoyen comienza con una serie de definiciones de la palabra “cambalache”: Confusión, trueque de poco valor, mitote (esta me gusta mucho porque es muy mexicana y la aprendí desde que era una niña). Y otras más sofisticadas como: “coyuntura social no clasificable” o “mezcla híbrida de tendencias ideológicas o estéticas”, para aterrizar en “mamarracho cultural, político o religioso”. Es decir, un ecléctico, y nada inocente, desmadre. Justo como nuestras sociedades actuales. Ni más ni menos.

Así pues, este conmovedor y poético “Gran Cambalache”, se ocupa, también de los desmadres que el mundo vive actualmente. La temática no es de sorprender conociendo al poeta Ibargoyen, siempre preocupado por los temas sociales y el estado interior de los hombres que los propician o lo sufren. De este modo, encontramos en este libro poemas llenos de preguntas que no sólo son lamento sino también provocación al bien vivir, a la esperanza:

¿Por qué descender llorando / el espacio que subimos a plena carcajada? / No dejemos que una sucia altura nos domine: / no que los fragmentos / del denso verano se deshagan / en una fiesta de tambores congelados: / no que las calles repletas de vientos amarillos / ya no se parezcan a las puertas del mundo: / no que las aguas de un gran río / ensanchen su negror de roncos esqueletos.”

¿Les suena a algo familiar? Pregunto para no faltar a la intención de la voz poética que afirma: “No siempre habrá preguntas que coincidan / con las respuestas nacientes de un negro silencio: / dijo una sencilla voz cuyo esqueleto / caía entre basurales profundos.” El poeta sabe que las preguntas son abismos en los que el hombre arriesga la cordura a cambio de un leve resplandor que guíe sus inciertos pasos. Pasamos la vida preguntándonos, extraviándonos, merodeando las verijas de la oscuridad donde habita la duda sólo para darnos cuenta de que “somos simples ausencias defenestradas y buscándose.” El libro, todo, en sus diversas posibilidades expresivas, es un gran cambalache de preguntas y respuestas que, no como un desmadre, sí como un diálogo, nos conduce de la mano de la poiesis del lenguaje por las veredas de la memoria colectiva e individual de nuestro desmadre material y espiritual.

“Lo que importa en la poesía no es la plasticidad en sí, sino la imagen plena de acaeceres, henchida de vibración”, dice Johannes Pfeiffer. Y la poesía de Saúl ibargoyen es precisamente imagen que vibra, a veces con rudeza, a veces con áspera ternura, al cobijo de la forma que es, más bien, el pretexto para que el Ser exprese las íntimas inquietudes del alma. Y esas inquietudes, en el caso del maestro, son casi siempre colectivas. Se ocupan del otro y de las cosas que sirven al otro, del paisaje en el que ese otro encuentra el espacio de su fenomenología intuitiva y cosmogónica. Ese espacio que, consciente o inconscientemente, se ha encargado de convertir en el patíbulo donde, día a día, sucede un “Suicidio Anunciado”, como se titula uno de los poemas más duros nadie ve el rostro de una mujer diluyéndose peligrosamente en las calles de una ciudad horrible donde caminar puede significar “buscar la tumba, en una vereda, acera o banqueta”, sin saberlo. Un poema, éste, donde la única verticalidad posible es la del vestido que intenta sostener la desvencijada espalda de la mujer en la ventana del mundo que muestra a los vencidos, a los desvencijados.

Este poema me causa una gran impresión reflexiva pues los acontecimientos mundiales de los últimos tiempos me han llevado a pensar en un suicidio terráqueo globalizado. Porque una sociedad que violenta, tortura y asesina a sus mujeres, a sus niños y a sus ancianos, es una sociedad que se está suicidando. Sin mujeres y sin niños no hay futuro. Y sin ancianos no hay memoria. ¿Qué quedará entonces? ¿Un ejército de robots que trabajan y repiten: “Sí señor. Si señor.”, esperando el momento de la muerte antes de la tercera edad para no causar más sangrías a los bolsillos de los patrones con sus improductivas y enfermas ancianidades?

Las ciudades son monstruos donde, hoy, todos somos extranjeros de la propia tierra, e incluso de nosotros mismos sumidos en el pasivo conformismo de la cierta incertidumbre que degüella la razón:

-¿Escuchas el combate del silencio / en el levantado aire de la cafetería?

-No, sólo puedo oír lo que tú no escuchas.

-¿No estoy aquí? ¿O existo como ausente?

-No te oigo. Ya te fuiste. Tu sombra en el suelo dejó una marca de café.

Sólo eres lo que en algún sitio / tu ausencia recuerda de ti mismo.

-Nada oigo. No importa. Sin pedir permiso / pasaré ahora al cuarto de aseo / y

derrotado el pantalón / me sentaré en el retrete / y no lloraré.”

Este fragmento es parte del poema titulado: “¿Dos Voces?”

La poética del espacio, como diría Gaston Bachelard, de este “Gran Cambalache” es el mundo. No sólo Argentina, Uruguay, México, Palestina, Israel, o Egipto… De hecho, el espacio poético es el Ser que se cuestiona y nos cuestiona con “poemas fallidos” o “tangos fracasados”. Es ese plato donde esperan las uvas, ese camino que sueñan los huaraches, esa piedra en que se disfraza la tortuga, el árbol, los perros, la copa, el viento, la noche o la niña cuyas lágrimas “alguien de nosotros tendrá que cantar con toda su violencia” se convierten en el numen que posibilita la frágil palabra y su cauda de letras con que el escriba, otra vez, nos recuerda que “Quieren borrar el sudor de las naciones” y que nos pregunta si están cantando los cantores. Hay que estar atentos, porque cantar es el recurso y el arma del que no olvida. Del que se pone en pie, con sus dos voces y su cargamento de preguntas a cuestas y, pluma en mano, sencillamente canta, aunque sepa que “Siempre es difícil hablar como cantando.”

Las canciones de este “Gran Cambalache” están llenas de vibraciones que nacen y estallan en el otro quien, en su infinita multiplicidad, posibilita al yo. Lo universal, finalmente, será siempre lo particular, pero para llegar al sitio del encuentro hay que “caballear animaleando / entre células que agonizan / entre mojadas palabras y bostezos / entre anchas hojas que protegen / el roncar sagrado de la especie.”

No se pierdan de este libro que nos retorna al origen y nos invita a cantar el perfumado “vapor de la oscura transparencia.” De verdad, es un, muy, hermoso libro. Gracias Saúl, maestro, amigo, cantor, por permitirme presentarlo.

Angélica Santa Olaya

Coyoacán, julio, 2015.