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Taller de poesía


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POEMAS DE MARIANA AYÓN

 

LA CIUDAD Y LAS ERAS
(..) Silba mi madre un camino largo. El sol a cuestas en los hombros de mi padre. Yo soy el muerto.
Calló mi madre. Mi padre anocheció. Yo soy el que en la madrugada aprendió a arder (…)
Enrique Carlos
La calle, el asfalto, los espejos de agua cubren de olvido. Resistencia, Omisión. Hablas, pintas de amarillo, blanco, naranja. Tiendes nuevas telas sobre las telas, velos que el viento mueve. La casa está en la calle y la calle es también ciudad. Debajo del asfalto está la tierra y más abajo otras eras de gigantes reptiles y microorganismos. Arrebaté tus alimentos agrios, viajé a ciudades que parecían nuevas. Saqué las lágrimas y me rompí las pestañas pensando que el dolor era mío. Miraste la tierra y no veías más de tanto ver al sol, sin darme cuenta enceguecía al alejar la noche de tu lado. El cielo cae en la ciudad, caudales de llanto de hombre. Miro llover y suelto tus viandas envenenadas. Tus padres han dejado la casa, se fueron a brillar con él, aunque él ardía. Su canto hiere la calle, no hace mucho el barullo era tu fiesta, ahora los bramidos de tu madre rompen en este día que ni es domingo, ni habrá que ponerlo en la semana. El tiempo no borra, carga a otros con el mismo peso. La niebla traga con fuerza y con ella te deslumbras como si miraras al cielo. Hay una ciudad oculta debajo de la alfombra.  —¿Y la chiquis?— te preguntas y te cubres la boca por temor al castigo, fuerte fue la sanción a tu interés, ahora olvidas preguntarte por ella y parece te olvidas de ella, pero su nombre regresa entre caminos de tierra. Vuelves tus ojos al cielo y la luz te distrae. Sí, olvidarla también a ti te duele. Cierras la puerta y quedas fuera, o dentro, a quién le importa cuando ya no hay muros y la bóveda, hace mucho es celeste. Huele a incienso, a copal y mirra. Los rezos, las oraciones, el barullo en la cabeza para dejar de pensar y entonces dormir el cuerpo que también sufre. Repetir por el progreso y mirar el futuro, el pasado ha dolido y mejor entender.
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DIOSES DE LA NOCHE II
             a Bertolt Brecht
—¿Vas a volver?
Los Dioses de la noche
salen,
aman
y dicen
lo que una sabe.
Despedir tiene diferentes
verbos,
a veces
cambiar.
—¿A qué hora amanece
cuando es de noche?
La oscuridad permea,
tenemos hambre
y no sabemos tomar el pan,
a lo mejor no será nuestro.
Hermana, sólo nosotros
que tenemos hambre
sabremos darte el pan.
La casa es amplia
y las bestias son mansas
dentro, esperaba mi corazón
no diera vuelcos.
Hermana,
sólo nosotros sabemos
del corazón,
nosotros que estamos heridos
y que nuestra fuerza
ha sido el dolor.
Nosotros que esperamos
y tenemos el alma amplia.
Limpio la mesa,
las sábanas,
lavo mi cuerpo.
El destino es un nombre
extraño
cuando debo elegir.
Tomar,
tomar,
tomar.
—¿Dónde están los que piden,
los que buscan?
Sé esperar,
mas ¿cómo habré de buscar
ahora
que me escancio
en la noche?
Hermana,
los que estamos perdidos,
los que tenemos
sed,
sabemos encontrar,
ven con nosotros,
los que no estamos solos,
te enseñaremos a buscar,
a volver.
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¿DÓNDE QUEDO YO yo?
No he podido limpiar la casa, abrí la nevera y estaba todo frío, la franela en el suelo,  el aroma a sur y madera, hay muchos rincones donde queda algo y eso que el terreno era plano. La poesía es un elemento de la memoria, por eso me acuerdo que Francia es el país de los testigos.
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MARIANA AYÓN
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