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Taller de poesía

EL CANSANCIO DE LAS COSAS

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Preguntarse cómo decir del modo más exacto lo que se descubre es una tarea que enfrenta todo escritor. Leí hace tiempo que nada es propiamente nuevo sino que todo lo aparentemente novedoso estaba ya ahí, a la espera de ser descubierto por la percepción de uno, de alguien, de otro. Poeta es quien da cuenta de algún evento o parecido o relación entre cosas que ya estaban ahí, a la vista de todos, pero que sólo desde su experiencia poética pudo develar para luego expresarlas del modo más preciso, acorde a su descubrimiento.

Por eso el poeta se pregunta cómo decir, luego de tener una revelación. Se lo pregunta porque intuye que el lenguaje es un abismo; “¿Sabes tú desde cuándo existen / Estas palabras / Estos trazos sencillos / Que ahora dices que escribes?”, acaso se plantea el vate esto que escribe Saúl Ibargoyen en su libro Escribanías. Sabe que las palabras que usamos son reliquias venidas de no se sabe dónde, ni de qué tiempo; que el lenguaje es la materia más desgastada y más plástica con la que se puede construir cosas intangibles. Sabe que el esplendor del verso no está en la novedad misma sino, como quería Bonifaz Nuño, en “decir de otro modo lo mismo”. Un modo que arranque las células del autor que las pronuncia, que lleve algo de sí, porque “en estos artificios / También entra tu sangre”; así lo escribe Ibargoyen que pregunta por qué callar que en cada verso también está uno mismo aunque las palabras sean de otros.

Escribanías sitúa pues este problema que me parece esencial de la poesía: cómo decir. Los once poemas que conforman la plaquete del poeta uruguayo atraviesan esta cuestión; sabe Ibargoyen que “Cada negación es también y siempre / Palabra que quiere ser otra trama de trazos / Que busca en lo informe soltarse / Del puro sonido que la saliva congrega / Apartándose de materias y destellos / Que movidamente la fijan en sí misma”. Decir de un modo una cosa en una página es negar en ese sintagma sus otras miles formas de articularse; es invitar a otro a colmar con su experiencia y sus palabras, con sus propios trazos, un hallazgo similar.

Por eso en Escribanías hay una relación muy natural con la luz, pues en el sentido expuesto el nombrador sólo ilumina las cosas haciendo, claro, que nazcan también nuevas sombras: “Y en los fulgentes fotones de cada mañana / Hay coágulos de luto que no dejan de caer”, se lee en el poema “Porción de sombras” donde se dibuja una enumeración que desnuda la extrema dependencia de la luz a la sombra y viceversa. Esa es la experiencia de la poesía: descubrir algo que, luego de nombrado, deja siempre en la penumbra algo más.

Nuestra relación con el mundo está mediada por el lenguaje; llamamos a las cosas de un modo, consenso de nuestra cultura, para fingir que nos entendemos. Pero el bardo se da cuenta de que las cosas también se cansan de sus nombres y, como escribió Eduardo Lizalde, “piden a gritos su poeta”. Por eso en el poema “Fatiga de las cosas” Saúl Ibargoyen inicia con el epígrafe de Fernando Pessoa que se pregunta si “no habrá un cansancio de las cosas, de todas las cosas, como el de las piernas o de un brazo”, y luego contesta Saúl con su poema: “Las cosas así llamadas cosas / Parecen estar cada vez / Más cansadas de sus íntimas moléculas / De su fuerza de ellas / Que las apega al circo de todo lo terrestre. / Y no pueden dejar de ser las cosas nombradas / Por bautismos o verbas mudas / Que nadie en apariencia engendró”. Frente a esta fatiga Ibargoyen delinea la tarea del escritor, de quien usa el pulso para trazar en una superficie lo que se piensa como una extensión de la voz: “Y las manos endedadas tratan de inscribir / Otra denominación para las cosas más cercanas / Otra posibilidad de respirar sílabas nuevas / Otros sonidales que sean el habla / De las cosas: su dialecto íntimo / Su hálito insomne. / Y los espacios arden / Y el tiempo se apaga”.

Pero no todo avance se da desde la certeza; más bien al contrario, nace de la pregunta; así lo muestra en “Preguntas” el poeta uruguayo quien practica la duda, la pregunta misma, en sus versos; por eso se cuestiona: “¿Estará ese cansancio reiterado / Dentro del nacimiento de cada cosa en sí / O sólo sabemos de ese desgaste / Cuando se retrata nuestra sombra / En un espejo de vidrios retorcidos? / Es así que a veces una cara / Se reconstruye a sí misma / Para pelear con nuestra memoria / Pesadamente espesamente”. En efecto, no sabemos si son las cosas quienes están fatigadas de su forma de ser nombradas o somos nosotros los exhaustos de nuestros nombres propios, de nuestro rostro aparentemente siempre el mismo, de nuestra manera nombrar. Pero frente a ese cansancio es que escribimos, que buscamos decir de otro modo el rostro, la lluvia, las masacres.

Pero escribir de lo ausente no es propiamente lo difícil, dice Saúl que “Siempre es fácil palabrear sobre la lluvia /Aunque no veamos su danzante cuchillería / Ni caiga en nuestras manos su tinta inconsútil”, sino reconocer el dolor de la creación intangible, pues “Es dolido aceptar que la palabra lluvia no llueve / Y que el verbo tronar es silencioso / Y que el relampaguear que se escribe / Rechaza la luz / Y la acción de abrazar sin cumplirse se extingue / En el papel el barro o la pantalla”. Es doloroso porque a veces sólo se puede ofrecer una palabra ante la catástrofe de otros, sólo se puede acompañar con el verbo o crear en un espacio ajeno al propio: el espacio interior de quien lee y completa en su lectura el poema. Pero también, y ahí está el reto, la cuestión fundamental, entender que el poema es sólo una posibilidad que se extingue si no logra salir de la página, mover al lector un ápice, acaso romper un poco sus músculos.

Los poemas de Ibargoyen salen de la página y saltan al espacio feraz de quien los lee; provocan un movimiento interno que, como alguna vez le escuché a Manolo Mugica, es crecer hacia adentro.

-Giorgio Lavezzaro

“Escribanías”, Tintanueva Ediciones, col. Oscura palabra, México, 2016.

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Autor: juntaversos

Somos un grupo de escritores de poesía bajo la dirección del poeta Saúl Ibargoyen.

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