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Taller de poesía


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GRAN CAMBALACHE DE SAÚL IBARGOYEN – RESEÑA DE ANGÉLICA SANTA OLAYA

GRAN CAMBALACHE

(Sobre el nuevo poemario de Saúl Ibargoyen)

Quiero comenzar agradeciendo a todos ustedes por acompañarnos esta noche y a la Casa del Poeta por brindarnos este espacio de expresión poética. Pero, sobre todo, quiero agradecer al querido maestro Saúl Ibargoyen que me haya conferido el honor de presentar este hermoso libro. Si de por sí es un honor acompañar, o ser acompañada, por mi maestro en estos gajes, en esta ocasión el gusto es mayor porque se trata de un doblemente hermoso libro. Lo digo por el contenido y por la forma. Gran Cambalache es una bella cajita de Pandora donde podemos encontrar la voz poética de Saúl Ibargoyen, inconfundible, rotunda e infatigable, como ya la conocemos; pero manifestándose, esta vez, en una diversidad de formas poéticas que sorprenden y emocionan en un solo libro. No me refiero sólo a los hallazgos tales como un poema a “¿Dos voces?” que es un diálogo poético de profundidad ontológica a la manera mayéutica de Sócrates donde la luz del autoconocimiento es producto del cuestionamiento y, aún dolorosamente, aparece a los ojos de la voz poética que decide no llorar. Tampoco aludo, sólo, a esos haikus que se manifiestan intempestivamente, como pequeñas y sabrosas gotas de agua, casi en la parte final del libro. Me refiero también a los reencuentros con algunos poemas ya clásicos y bien conocidos por nosotros, los que seguimos y apreciamos la prolífica obra del maestro Ibargoyen, como lo son “El escriba otra vez”, cauda resplandeciente de ese bello libro titulado “El escriba de pie”, que fue galardonado con el Premio Carlos Pellicer en el 2002; o el ya también, por él cantado, en diversos foros y momentos y que le da nombre a este libro: “Gran Cambalache”; homenaje de gran musicalidad dedicado al músico argentino Enrique Santos Discépolo.

Decía que “Gran Cambalache” es una admirable cajita de Pandora, y me refería también al soporte físico. Este libro es una joya no sólo por su contenido sino porque se trata de un libro maquilado, el término es correcto, como en el siglo XIX, 1887 para ser exactos, en una imprenta de tipos móviles donde cada letra es un paciente y meticuloso instante de tiempo que el formador deja en cada uno de estos libros como prueba de su, también, poético trabajo. El papel, la tinta roja, las letras que hablan al tacto de los dedos y al sentido de la vista ofreciendo sus pequeños canales y barrigas de papel son testimonio del tremendo cuidado y amor que este libro entraña. Texturas, colores, olores y detalles que delatan una acicalada elaboración que se convierte en delicia para el sibarita amante de la literatura.

El tango “Gran Cambalache” fue escrito en 1934 y es un lamento que se vierte sobre los acontecimientos de la Argentina de entonces denominados la Década Infame, inaugurada y clausurada por dos golpes de estado, y durante la cual las condiciones político económicas de la población fueron precarias debido a los pactos realizados con el Reino Unido que promovieron el desarrollo industrial y, con él, la migración de población campesina a las ciudades. Proceso también conocido en México más o menos en la misma época. Es así que el “Gran Cambalache” fue escrito poco después de una dictadura, la de José Félix Uriburu, que dejó al país sumido en una gran depresión, y represión, económica y, obviamente, moral. Entre las represiones sufridas se encontraba la del lenguaje lunfardo y las expresiones populares que referían críticamente a la ya mencionada Década Infame. De modo que el tango “Gran Cambalache”, fue censurado.

No es una casualidad que este libro se llame “Gran Cambalache”. Parte de la letra de este tango dice, proféticamente: “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé… en el quinientos seis y en el dos mil también… pero que el siglo veinte es un despliegue de maldá insolente ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcados en un merengue…” Llegó el dos mil y estamos en el 2015 y el gran merengue continúa a todo lo que da, no sólo en México y Argentina, sino en todo el mundo, como bien lo cantaba Discépolo. “¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!… ¡Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón!”, dice la letra de este tango, y agregaríamos: Y hasta presidente o juez o presunto actor. Porque antes la actuación era parte de la política; ahora son, literalmente, lo mismo, aunque de pésima calidad y sin conocimiento del tema.

El “Gran Cambalache” de Saúl Ibargoyen comienza con una serie de definiciones de la palabra “cambalache”: Confusión, trueque de poco valor, mitote (esta me gusta mucho porque es muy mexicana y la aprendí desde que era una niña). Y otras más sofisticadas como: “coyuntura social no clasificable” o “mezcla híbrida de tendencias ideológicas o estéticas”, para aterrizar en “mamarracho cultural, político o religioso”. Es decir, un ecléctico, y nada inocente, desmadre. Justo como nuestras sociedades actuales. Ni más ni menos.

Así pues, este conmovedor y poético “Gran Cambalache”, se ocupa, también de los desmadres que el mundo vive actualmente. La temática no es de sorprender conociendo al poeta Ibargoyen, siempre preocupado por los temas sociales y el estado interior de los hombres que los propician o lo sufren. De este modo, encontramos en este libro poemas llenos de preguntas que no sólo son lamento sino también provocación al bien vivir, a la esperanza:

¿Por qué descender llorando / el espacio que subimos a plena carcajada? / No dejemos que una sucia altura nos domine: / no que los fragmentos / del denso verano se deshagan / en una fiesta de tambores congelados: / no que las calles repletas de vientos amarillos / ya no se parezcan a las puertas del mundo: / no que las aguas de un gran río / ensanchen su negror de roncos esqueletos.”

¿Les suena a algo familiar? Pregunto para no faltar a la intención de la voz poética que afirma: “No siempre habrá preguntas que coincidan / con las respuestas nacientes de un negro silencio: / dijo una sencilla voz cuyo esqueleto / caía entre basurales profundos.” El poeta sabe que las preguntas son abismos en los que el hombre arriesga la cordura a cambio de un leve resplandor que guíe sus inciertos pasos. Pasamos la vida preguntándonos, extraviándonos, merodeando las verijas de la oscuridad donde habita la duda sólo para darnos cuenta de que “somos simples ausencias defenestradas y buscándose.” El libro, todo, en sus diversas posibilidades expresivas, es un gran cambalache de preguntas y respuestas que, no como un desmadre, sí como un diálogo, nos conduce de la mano de la poiesis del lenguaje por las veredas de la memoria colectiva e individual de nuestro desmadre material y espiritual.

“Lo que importa en la poesía no es la plasticidad en sí, sino la imagen plena de acaeceres, henchida de vibración”, dice Johannes Pfeiffer. Y la poesía de Saúl ibargoyen es precisamente imagen que vibra, a veces con rudeza, a veces con áspera ternura, al cobijo de la forma que es, más bien, el pretexto para que el Ser exprese las íntimas inquietudes del alma. Y esas inquietudes, en el caso del maestro, son casi siempre colectivas. Se ocupan del otro y de las cosas que sirven al otro, del paisaje en el que ese otro encuentra el espacio de su fenomenología intuitiva y cosmogónica. Ese espacio que, consciente o inconscientemente, se ha encargado de convertir en el patíbulo donde, día a día, sucede un “Suicidio Anunciado”, como se titula uno de los poemas más duros nadie ve el rostro de una mujer diluyéndose peligrosamente en las calles de una ciudad horrible donde caminar puede significar “buscar la tumba, en una vereda, acera o banqueta”, sin saberlo. Un poema, éste, donde la única verticalidad posible es la del vestido que intenta sostener la desvencijada espalda de la mujer en la ventana del mundo que muestra a los vencidos, a los desvencijados.

Este poema me causa una gran impresión reflexiva pues los acontecimientos mundiales de los últimos tiempos me han llevado a pensar en un suicidio terráqueo globalizado. Porque una sociedad que violenta, tortura y asesina a sus mujeres, a sus niños y a sus ancianos, es una sociedad que se está suicidando. Sin mujeres y sin niños no hay futuro. Y sin ancianos no hay memoria. ¿Qué quedará entonces? ¿Un ejército de robots que trabajan y repiten: “Sí señor. Si señor.”, esperando el momento de la muerte antes de la tercera edad para no causar más sangrías a los bolsillos de los patrones con sus improductivas y enfermas ancianidades?

Las ciudades son monstruos donde, hoy, todos somos extranjeros de la propia tierra, e incluso de nosotros mismos sumidos en el pasivo conformismo de la cierta incertidumbre que degüella la razón:

-¿Escuchas el combate del silencio / en el levantado aire de la cafetería?

-No, sólo puedo oír lo que tú no escuchas.

-¿No estoy aquí? ¿O existo como ausente?

-No te oigo. Ya te fuiste. Tu sombra en el suelo dejó una marca de café.

Sólo eres lo que en algún sitio / tu ausencia recuerda de ti mismo.

-Nada oigo. No importa. Sin pedir permiso / pasaré ahora al cuarto de aseo / y

derrotado el pantalón / me sentaré en el retrete / y no lloraré.”

Este fragmento es parte del poema titulado: “¿Dos Voces?”

La poética del espacio, como diría Gaston Bachelard, de este “Gran Cambalache” es el mundo. No sólo Argentina, Uruguay, México, Palestina, Israel, o Egipto… De hecho, el espacio poético es el Ser que se cuestiona y nos cuestiona con “poemas fallidos” o “tangos fracasados”. Es ese plato donde esperan las uvas, ese camino que sueñan los huaraches, esa piedra en que se disfraza la tortuga, el árbol, los perros, la copa, el viento, la noche o la niña cuyas lágrimas “alguien de nosotros tendrá que cantar con toda su violencia” se convierten en el numen que posibilita la frágil palabra y su cauda de letras con que el escriba, otra vez, nos recuerda que “Quieren borrar el sudor de las naciones” y que nos pregunta si están cantando los cantores. Hay que estar atentos, porque cantar es el recurso y el arma del que no olvida. Del que se pone en pie, con sus dos voces y su cargamento de preguntas a cuestas y, pluma en mano, sencillamente canta, aunque sepa que “Siempre es difícil hablar como cantando.”

Las canciones de este “Gran Cambalache” están llenas de vibraciones que nacen y estallan en el otro quien, en su infinita multiplicidad, posibilita al yo. Lo universal, finalmente, será siempre lo particular, pero para llegar al sitio del encuentro hay que “caballear animaleando / entre células que agonizan / entre mojadas palabras y bostezos / entre anchas hojas que protegen / el roncar sagrado de la especie.”

No se pierdan de este libro que nos retorna al origen y nos invita a cantar el perfumado “vapor de la oscura transparencia.” De verdad, es un, muy, hermoso libro. Gracias Saúl, maestro, amigo, cantor, por permitirme presentarlo.

Angélica Santa Olaya

Coyoacán, julio, 2015.

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GRAN CAMBALACHE: VANGUARDIA ZEN – JUAN CARLOS CASTRILLÓN

Hoy compartimos esta nota que apareció en “Cultura y letras” de La Jornada Veracruz.  Se trata de una reseña acerca del maestro Saúl Ibargoyen, escrita por Juan Carlos Castrillón.  Publicado el domingo 19 de julio de 2015.

VER09-19072015

Descargar o leer en pdf.

https://juntaversos.files.wordpress.com/2015/07/ver09-19072015.pdf


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GUSTAVO SAINZ, HASTA PRONTO – RENÉ AVILÉS FABILA

Me percato, al saber del fallecimiento de Gustavo Sainz, que soy parte de una generación que como tal no existió. Los que nacimos alrededor de 1940 y anhelábamos ser escritores, fuimos agrupándonos sin más ánimo que escribir e intentar dejar huella. Teníamos cosas en común, no nos gustaba el sistema. El nacionalismo nos agobiaba y tratamos de quitarnos de encima multitud de valores idiotas, cuando comenzamos a actuar. Era natural que nos hiciéramos amigos, intercambiáramos libros y sueños. Pero qué distintos éramos. Con el tiempo, al grupo original, se fueron sumando otros y unos más dejaron de escribir para convertirse en algo distinto al ideal común. A Gustavo lo conocí en 1962, a través de José Agustín, mi más antiguo amigo, con quien mayor tiempo he compartido. Ellos dos y Parménides García Saldaña parecían entenderse bien. El orden de aparición no importa, pero vale la pena decir que surgieron La tumba, Gazapo, Pasto verde y pronto el éxito llegó a la generación. El Centro Mexicano de Escritores, tan arrumbado, como muchos de esa generación que Margo Glantz tuvo la pésima humorada de calificar de la “Onda”, permitió verdades y falsedades y la existencia de modestas leyendas que ahora veo desmesuradas. La mayoría de nosotros, los que ya nos frecuentábamos, pasamos por esa prodigiosa escuela de escritores. Lo que es un hecho es que consolidamos la literatura urbana que hasta ese momento aparecía de manera esporádica, en casos aislados: El sol de octubre de Rafael Solana, La región más transparente de Carlos Fuentes, Casi el paraíso de Luis Spota, fueron al decir de Gustavo, un golpe que aceleró su desarrollo. Enseguida aparecieron Juan Vicente Melo, García Ponce, Ibargüengoitia, Del Paso y otros más. Era obvio, la literatura rural agonizaba y las ciudades crecían impetuosas con temas intensos y atractivos personajes. Nosotros éramos citadinos y nos fue fácil hallar nuestras tramas. Irreverentes e irónicos, rompimos con el lenguaje formal que era típico en la literatura mexicana. Pero fracasamos en dos cosas: una, consolidarnos como grupo generacional; dos, defendernos de las críticas excesivas que aparecían con regularidad, en un medio hostil, que José Agustín y Gustavo Sainz parecieron derrotar. La última vez que escuché entre nosotros la palabra generación, me la dijo Gustavo Sainz durante una reunión literaria. Hay que apoyar a la generación, precisó. Pero poco o nada hicimos por ayudarnos. Mi vida académica la inicié en la UNAM, en Ciencias Políticas. Impartía materias vinculadas a la ciencia política y la historia universal. Gustavo era el jefe de la carrera de Periodismo, ahora Comunicación. Me pidió (era un hombre lleno de ideas originales) que me cambiara con él y que entre ambos podíamos enseñar literatura a los que deseaban ser periodistas culturales. Diseñó rápidamente un programa breve y complicado, él impartiría literatura latinoamericana y yo europea. Los cursos duraban un año. De esa manera estuvimos un tiempo, intercambiando las materias que bautizó con sentido del humor como “Literatura de la abundancia y Literatura de la pobreza”. Al mismo tiempo, ya narrador exitoso, hizo una o dos antologías y me puso en ellas, un acto de generosidad no frecuente en este país. Pero México no es fácil y Gustavo cayó en alguna de las pavorosas trampas del sistema. El escándalo lo obligó a no trabajar más en el INBA, desde donde solía ayudar a sus mejores alumnos, y salió de México. El resto lo sé por relatos de José Agustín y algunos breves encuentros que tuve con Gustavo en EU. Además de ser complejo, el país sigue los refranes con devoción y le tocó a Gustavo aquello de santo que no es visto, no es adorado. Se nos fue olvidando. Mi último encuentro con él ocurrió en la FIL de Guadalajara, iba solo, sin el séquito que solía amarlo. Nos saludamos y le pregunté lo obvio: ¿qué andas haciendo? Aquí, me respondió, jugando al hombre invisible. Pese al éxito de algunos de sus libros, la burocracia cultural lo había olvidado, acaso por las mismas razones que lo arrojaron de México. De su grave enfermedad me informaron dos de sus alumnos que también fueron míos: Arturo Trejo e Ignacio Trejo Fuentes. Pensé que era una exageración: ¿Alzheimer avanzado? Pregunté a varios amigos comunes y nadie supo darme datos confiables. El jueves pasado en Puebla me alcanzó la noticia: había muerto. Recordé nuestro arranque literario, las pláticas iniciales. Cierto, no supimos ser una generación pese a que fue nuestro propósito. Nos separamos y tengo la impresión de que ya quedamos pocos de aquellos muchachos chiflados que comenzamos a escribir entre fines de los cincuenta y principios de los sesenta. Leer algunas notas sobre Gustavo, algo que hacía tiempo no veía, saber que no recibió los premios que merecía, me confirmó que la fama en México, como la memoria, son muy frágiles.

RENÉ AVILÉS FABILA

http://www.reneavilesfabila.com.mx


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EL INSTANTE Y LO ETERNO: LA CREACIÓN EN LO TAN NEGRO QUE RESPIRA EL UNIVERSO, DE ULISES PANIAGUA – CÉSAR GONZÁLEZ

Desde tiempos inmemoriales el poeta se ha zambullido en la búsqueda de lo poético; los autores han explorado en las raíces más íntimas del mundo, dejando al descubierto palabras y frases que con su construcción desvelan, es decir, quitan el velo que cubre lo existente, mostrando una realidad nueva, verdadera, convirtiendo al poema en un “intermediario entre lo pasajero, mudable y mortal de esta vida y lo verdadero y real, que a través del poema alcanza a vislumbrar” como decía Gorostiza.

Y aquello que el poeta vislumbra muchas veces resulta de una inmensidad infinita, superior a lo que su visión puede alcanzar, pues descubre una fuente inagotable de palabras, de creación que borbotea como una fuente de manera inagotable, dejando al autor ante el pasmo de lo infinito, impulsándolo a que su obra intente explicar al menos una arista del fractal que le rodea disfrazado de realidad.

Ulises Paniagua, en su poemario Lo tan negro que respira el Universo convierte a sus textos en una de esas voces que encuentran y que crean a partir de los instantes, pues nos entrega un viaje de descubrimiento en el cual lo poético puede surgir de lo elemental, como los deseos matutinos; desde el momento en que despertamos a la lectura ya nos alistamos para salir con él, se intuye un paseo en el que nos guía por sus poemas, haciéndonos recordar y sentir las emociones que también nos dan muestra de lo humano que hay en nosotros, haciendo que nuestra atención vital se enfoque en este viaje iniciático donde “ La luz / se erigía inmensa flechaba pupila y entendimiento”.

El autor sale desnudo, “muy desnudo a descubrir el mundo” en una génesis en la que va creciendo y descubriendo un círculo eterno en el que las cosas le regresan inspiración, observación y realidad. La poesía fluye en él a través de sus sentidos, la paladea, la comprende y la devuelve al mundo en forma de poema, retroalimentando a la fuente, mostrando a los ciegos el paisaje que hasta entonces permanecía oculto.

Y es con esta libertad de observación que nace también la duda, brotando de los resquicios de la realidad que Paniagua constantemente cuestiona “Existen o no existen […] Y allí / en el espacio de lo infinito de lo posible[…]. “ pues la labor del poeta consiste en mostrar algo puro, algo verdadero que se vaya solidificando en la arquitectura del poema y que se muestre aunque nazca del abismo de lo insondable. Aquí es donde reside el mérito del autor: de lo indescifrable obtiene lo claro y nos lo entrega con otro nombre, metaforizado, prestándonos sus ojos y sus palabras para descubrir “la belleza cifrada en el abismo”.

Todo se vuelve entonces posibilidad y promesa entre “aquello que delinea el silencio”, y el intento permanente para sacarlo de la mudez de la contemplación. El poeta lucha por descifrar el Ápeiron desde lo microscópico hasta lo inmenso, pasando por el sueño y la vigilia. La semilla de la creación se bosqueja a cada paso, a cada página del poemario en donde el lector puede ir construyendo su fragmento de realidad que le corresponde, pues el autor obsequia la libertad para ello: el lector es partícipe en el proceso de descubrimiento.

Y en todos los instantes que pasan mientras se avanza en la lectura, el poeta descubre un universo que puede revelarse tomando como nacimiento una simple frase, un Eureka que sugiere lo sin límites. O se puede fundir junto con lo macro y lo mínimo, con una casa y con una araña en una sola respiración donde palpitan las posibilidades, compartiendo “ese profundo y delicado estertor / que se mece en la placenta de lo innombrable” y que nos deja en una vibración cercana al espanto por mirar tan profundamente al abismo.

Los versos de Ulises Paniagua surgen con una pureza que manifiesta un origen inmarcesible, vibran y crepitan como una pulsión de sentimientos con los cuales se crea el todo, considerando incluso las cosas que van más allá de lo bello, pues en este espacio creativo también caben el: “borbotar furioso de los muchos cuervos […] el gramo de muerte […] el negro fuego […] el odio más logrado y el rencor mejor signado.”

Los recursos del poeta son variados a lo largo de las páginas de su libro. Nuevas metáforas refuerzan el lenguaje creativo, dando seña de un trabajo concienzudo y metódico, atento a la respiración de cada signo, buscando aquel que sea el más preciso para el acercamiento poético. Así, podemos encontrar antítesis que refuerzan la metáfora, como “el fuego oscuro, el fuego negro” o imágenes poderosas como “el ombligo de la sombra, el diluvio de dendritas, el negro miocardio”, “los acuosos huesos de paquidermo embestido en cada oleaje” o el “paracaidismo hacia lo interno” que me recuerda el famoso “suicidio hacia arriba, hacia lo alto” de Pedro Salinas.

Los poemas crecen entre la “Bruma” de lo inasible, en las hendiduras de lo que no se alcanza a ver y que el autor aclara, temblando junto con la emoción de descubrirse demiurgo, en un proceso de creación que saca luz incluso de las profundidades más remotas, extrayendo “luminosidad del abismo”, enseñándonos los sentimientos animales y naturales, como en su poema “Creación y réplica”. Así, la realidad se moldea desde la visión del poeta; lo no visto, ahora ya mostrado, se reinterpreta a través del lector, quien descubre con emoción lo nombrado, rescatando los instantes llenos de poesía que habitan la cotidianidad y que pueden iluminarse con un verso que en la sencillez de sus palabras encierre una eternidad de miradas, de hombres y de interpretaciones que dan una respuesta en la que el mayor aprendizaje se obtiene de la reflexión y del silencio en que nos deja, porque ¿de qué manera podemos decir algo más sobre aquello que Ulises Paniagua ha descubierto en los siguiente versos?: “La eternidad responsa en el sonido de una playa” o “La nerviosa exhalación de un pabilo”

Y así es Lo tan negro que respira el Universo: una constelación poética hasta en los momentos mínimos, no hay ninguno que se escape a la mirada del poeta, como los que podemos apreciar en “Derrumbe y ascenso”. Instantes que se diluyen en un relámpago de la vida, pero que quedan asidos a lo verdadero gracias a las letras plasmadas, cuestionando, profundizando el misterio del universo que es mirado y que mira y habla e invita a seguir escribiendo una “marejada de letras” que busca decir lo innombrable estallando en un canto, en un encontronazo donde nunca se “sosiega el incendio” pues el lenguaje estimula al poeta observador, lo impulsa, lo sublima y lo vuelve a la angustia de lo inalcanzable, lo hace viajar de la luz a la oscuridad, del cosmos al caos, logrando un equilibrio a lo largo de la obra.

Es un nacimiento brutal, violento, pero a la vez delicado donde los “vértices se tragan los aullidos”, donde los amores se catalogan desde la lumbre hasta el silencio negro. El poemario de Ulises Paniagua es un inventario de dimensiones entre las que la creatividad brota como la luz y al echar al galope se vuelve indomable, llevándonos desde el alumbramiento hasta el incendio, desde las flores hasta la suela de los zapatos; el reino del poeta se presenta sin artificios, en un fuego donde lo pasado se hace presente y donde la poesía acude al llamado a gritos de la conciencia, bañándose en un interminable río de letras, de metáforas que rompen y hacen vibrar lo más íntimo del silencio, sacando de la muerte del anónimo a ese mundo que blanquea sus cenizas gracias a la mano del autor.

Deseo terminar mi participación citando un fragmento del “Prólogo del actor” del libro Patología del ser de Ramón Martínez Ocaranza:

“La física de Demócrito, con el Teorema de Pitágoras, pueden desembocar en una bomba atómica.

Pero una metáfora de un poeta terrible – todo poeta es terrible – puede conmocionar la conciencia del mundo en contra de la bomba atómica.

Y entonces la poesía se coloca por encima de la física y de las matemáticas.

Sólo que la metáfora nunca puede ser demostrada si no es con la destrucción de los teoremas de las matemáticas y con la destrucción de las leyes de la física.

Los tigres de las metáforas de un poeta son más feroces que los tigres de la física y de las matemáticas.”

Que se liberen, en lo negro que respira el universo, los tigres de este poeta terrible que es Ulises Paniagua. Muchas gracias.

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PRESENTACIÓN DEL POEMARIO “MALDITA MÍA”, por SAÚL IBARGOYEN EN LA XXXIII FERIA DEL LIBRO DE TIJUANA 2015 – KARINA BALDERRÁBANO

Si tuviera que elegir dos palabras que describan el eje temático de MALDITA MÍA, diría que son el amor y el odio, temas que han inspirado canciones, libros, disertaciones, películas, puntos de vista desde distintas perspectivas; pero en esta ocasión, tras la mirada del escritor Saúl Ibargoyen se devela SU MALDITA, que pudo ser la de otros o la de muchos.

Poemas de frustración, reclamo y desencanto, desventura amorosa mezcla de seriedad y humor negro, que en más de una ocasión provocan no sólo risas sino carcajadas y esto no es común tratándose de poesía. Sucede así porque con certeza puedo decirlo, más de uno podrá identificarse en algunos versos o identificar a otros en ellos.

Del poema que se titula “Otra vez tú”, CITO: “En cada ojo queda suspendida una especie de luz saturada de imágenes enfermas/ Eso que se llama el pasado/ Pues no logramos inventar/ Un nombre menos frágil que entregarle”.

MALDITA MÍA está conformada por 30 poemas anti románticos y es del tipo de lecturas que no deseamos que terminen, nos deja el escritor con ganas de continuar leyéndolo. Con la vitalidad y jovialidad que lo caracterizan; pero también a partir de la madurez que reviste su escritura, madurez que no siempre es producto de la edad sino de las experiencias vividas, aprehendidas; y sobre todo el rigor que lo distingue como escritor.

El primer poema que abre este libro, lleva el nombre del título del poemario “MALDITA MÍA”, pero en la portada hay un agregado, que expresa: A modo de epigrama antierótico; y eso son los poemas de esta breve obra: epigramas, versos expresados con agudeza, precisos, sencillos y colmados de sátira. Censura acremente el comportamiento de una dama “poeta” y la ridiculiza. Entonces más de las veces abandona la sutileza para llegar a ser terriblemente mordaz, aquí ilustro con algunos ejemplos, del poema que se titula “Operación fiscal”: “Ah maldita mía la que sólo pudo escribir variados versos banales/ que muchos tontos aplaudieron/ como si ese fuera el modo de llegar/ al presunto misterio de tus nalgas: Una simple pila de agua bendita/ En un templo para dioses marginales”.

Los poemas que leerán aquí no refieren a los tangos del rioplatense Carlos Gardel, a quien tanto aprecia Saúl; pero sí puedo decir que por su tono, algunos me remiten a las canciones mexicanas rancheras de pena amorosa y despecho que por ejemplo el compositor y cantante hidalguense, José Alfredo Jiménez solía escribir; y aún más acertado imaginar que quizá el escritor se inspiró para conseguir esta atmósfera, también en mi admirado poeta chileno, Pablo Neruda; me refiero en particular al poema que lleva por nombre “El tango del viudo”, a quien incluso el escritor Ibargoyen dedica su primer texto del libro: A Pablo Neruda, por su viejo “Tango del viudo”. Leeré el poema que lleva por nombre “Ciencia” (pp.29-30), una especie de canción, de tango, al estilo del poeta que hoy presento.

MALDITA MÍA resulta ser toda una experiencia sensorial: escuchamos sus palabras (CITO: Ah maldita mía la de albos calzones/ Que cierta vez te obsequié/ aunque cuánto y cuánto supiste reprocharme/ entre rencores ronquidos y estornudos/ El porqué no hubo una compra/ de sedosas lencerías negras). También podemos oler las imágenes que el escritor nos presenta, a veces aún en contra de nuestros deseos. (CITO: Pude pasar en libertad las aduanas rigurosas/ Amparado en el olor de tus amargos calzones/ que todavía dejo latir entre mis dedos…MÁS ADELANTE ESCRIBE: “Poco del aliento que año con año/ fue transformándose en un sutil hedor/ enturbiando los versos que declamas”). Saboreamos las palabras (CITO: “Es así que no quiero reconstruir la imagen otra/ Que partió contigo bajo la lluvia distinta/ Porque fui soldado de ninguna batalla/ Porque fuiste un comandante sin ninguna bandera”). Podemos sentir con el tacto algunas características que describen no a su objeto de deseo, sino a su objeto indeseado: (Los globos terráqueos de tus pechos/ Imposibles de operar/ Los huecos en tu pelo donde la caspa vuela/ Los pliegues en tu rostro como cortinas caídas/ Los dedos casi analfabetas/ Que sin embargo han escrito/ Líneas elogiadas por amigos insensatos/ Soñar en libertad sí/ Con tus tobillos de pichón de elefante).

Saúl Ibargoyen es poeta, narrador, periodista, traductor ocasional e indiscutible y excepcional maestro de escritores. Hay muchas razones por las cuales admirarlo; pero aquí sólo mencionaré dos: Es un escritor prolífico, con más de setenta libros publicados y parte de su obra ha sido traducido a catorce idiomas, los menciono: inglés, ruso, francés, polaco, coreano, portugués, bielorruso, rumano, árabe, alemán, esloveno, croata, italiano y neerlandés. La segunda razón es que se trata de un hombre muy generoso que le dedica su tiempo a quienes han sido o son sus alumnos, comparte consejos, recomienda lecturas, retroalimenta nuestros textos, siempre tiene tiempo para unas palabras, aun cuando viaja tanto y los años pasen. Por esta razón he de decirles a quienes tomarán el Taller de Poesía el día de mañana con él, que son ustedes muy afortunados.

Muchas gracias.

Karina Balderrábano

27 de junio

Fotografías: Saúl Ibargoyen y Karina Balderrábano, presentadora de Maldita Mía.

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