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Taller de poesía


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LABERINTO – CUENTO DE DUILIO LURASCHI

En 1976 viajamos con mi padre a la ciudad de Mitre. Era un paseo de camaradería.

Partimos en ómnibus hasta el puerto de Vespi y allí tomamos un viejo transbordador que demoraría una hora en cruzar el río.
Me encontraba entusiasmado. Había conocido la ciudad cuando era todavía un niño pequeño, ése era mi segundo viaje.
No puedo recordar en qué mes hicimos el trayecto. Fue poco antes de que comenzara el tercer curso de primaria, aquí, en S., así que muy posiblemente fuese diciembre, enero, febrero, no lo puedo recordar con certeza.
El hotel era diminuto pero moderno, y servían un desayuno continental con jugo de naranja y café con leche con tostadas, manteca, jalea, y bizcochos dulces: unas medialunas recubiertas de un almíbar de manzana.
Llegamos sudorosos y extenuados. Luego de darnos una ducha, nos tiramos a descansar sobre las colchas livianas.
Primero dimos un paseo breve.
En los escaparates del centro habían instalado unas pantallas de vidrio de aumento que mostraban, delante del receptor, como sería, en breve, la televisión en colores.
A mi madre, el hecho de recibir, de regalo, cualquier objeto de cristal la hacía tan feliz como cuando daba dinero en las kermeses del Colegio Trinitarias.
Caminaba por las galerías y comercios del barrio La ensenada y no paraba de buscar algún adorno para ella.
Durante el trayecto, en el barco, mi padre había estado charlando animosamente con otro pasajero.
Éste le ofreció alcanzarnos en su auto hasta el hotel, vaya a saber si encuentran taxis, dijo. Pero mi padre insistía en hablar de política. Nunca lo había visto tan entusiasmado. En cierto momento me aburrí y salí a dar un paseo por la cubierta.
Cuando vi la costa de Mitre entré y le avisé a mi padre que en un rato llegaríamos al puerto. Mi padre me dijo sí, o todo está bien, Julito, y siguió charlando con el desconocido.
El trámite en la aduana fue lento, engorroso y rutinario. Una vez en la puerta de salida de los vehículos que transportaba nuestro barco buscamos, aquí y allá, al pasajero y a su automóvil. Fue inútil, así que tomamos un taxi hasta el hotel.
El martes fuimos a ver a la tía Odette. Era hermana de mi abuela. Se había ido a probar fortuna cuando era apenas una veinteañera. Enviudó joven y nunca tuvo hijos.
Tenía la cara viscosa y con un fuerte olor a perfume de rosas.
Vivía en una pensión en plena calle Libertadores. Nos recibió con unos sándwiches que le habían recomendado en su trabajo.
Los había ido a buscar hasta la calle Talcahuano. Nos servía, uno tras otro, y decía cosas tales como “prueben éste que parece exquisito”.
Vivía sola desde hacía más de treinta años; solo estuvo dos años casada. Contrajo nupcias con un restaurador de muebles que había llegado de Nápoles. Dicen que el hombre acostumbraba a comer polenta con pajaritos. Se los metía enteros en la boca y escupía, con placer, los huesos pequeñitos. La sola idea me hacía dar vueltas el estómago. Y la tía nos decía “prueben éste que debe de ser de salmón” y nos ofrecía un sándwich tras otro.
Tenía la cara completamente embadurnada y brillante.
Hablaba con decisión y comía.
Luego le pidió permiso a mi padre y fue conmigo hasta una joyería que quedaba a la vuelta de la esquina. Me mostró un reloj automático y sumergible. Tenía la esfera color verde oliva.
Lo había reservado desde hacía unos meses para cuando fuese a visitarla.
La vendedora sonreía, cómplice, y me decía: ¿te gusta este reloj? o tal vez te gusta este otro…, y me mostraba uno con esfera blanca y números delgaditos. Las dos sonreían y hablaban entre sí.
Salí para mirar los relojes desde afuera.
La vidriera relucía por completo. Los relojes parecían colocados con gran exactitud para que todos fuesen únicos y relevantes.
La vereda se encontraba limpia. Solo había unas motitas de suciedad, como si hubiesen tirado pequeños trozos de viruta.
Entré y le dije que sí a mi tía. La vendedora sonrió cómplice.
Al final salimos del local, yo con mi reloj Tressa y mi tía feliz, zarandeándose con la cartera colgada de un brazo.
Habíamos llegado cansados del viaje. El primer día caminamos de un lado a otro, quizá sin mayor orden o discernimiento. En el segundo día fue cuando visitamos a Odette. A la noche cenamos en un pequeño restorán. La comida era rica y abundante y mi padre pidió dos helados de vainilla de postre.
Dormí con una gran exaltación. Sentía una especie de cosquilleo en mis brazos y en el vientre. Por las persianas se colaba una suave luz anaranjada de las luces de neón de la panadería de enfrente. Parecía un paisaje galáctico; eso pensé en ese momento.
A veces alguna sombra se detenía delante de nuestra puerta. Podía verla por el hilo de luz que se dibuja contra el suelo.
Sin darme cuenta siquiera amaneció.
Era temprano. Me había despertado con las primeras luces de la mañana. Pensaba en todo lo que podríamos hacer. Prefería no ir al zoológico. Me habían dicho que era muy grande y limpio. Todos, aún hoy, me dan una gran tristeza.
Por suerte mi padre delineó otro plan con lugares que visitaríamos ese día. Primero iríamos a ver a la Columna. Eso, con seguridad, nos llevaría gran parte de la mañana. Luego caminaríamos por las calles de las librerías, visitaríamos la Catedral: no sé por qué te empeñás en eso, Julito, me decía, y era como si arrastrara las piernas o estuviera transportando un peso exagerado. Ya caída la tardecita pensamos visitar el parque de diversiones. Era muy probable que ese paseo sí me entusiasmara. Debería tener juegos peligrosos y modernos.
Para ir hasta el parque tomamos un tren subterráneo que nos dejó a tres cuadras. Las calles por donde transitamos se encontraban en silencio y vacías. Podía escuchar el eco que producían, sobre la acera, nuestros propios pasos.
Nos dimos de frente contra un cartel iluminado con lucecitas amarillas o de poco voltaje. En letras de latón anunciaba que allí era el nuevo parque.
Pagamos una entrada módica para ingresar.
La noche ya cubría gran parte de la explanada.
Primero quise subir a la pista de autos. Tenía dos niveles. Le pedí a mi padre que me comprara dos boletos.
Él, mientras me esperaba, se puso a leer. Tenía en sus manos un diario de la tarde que había comparado en el camino.
La pista de autos muy pronto quedó detrás.
Busqué, no sin desesperación, un antiguo tren fantasma. Fue inútil. Encontré un juego similar o que servía para dichos fines, más moderno pero ordinario. Todo en el parque parecía modesto, feo o de segunda mano.
Mi padre prefirió no subir a ningún juego. Se mantenía algo distante.
Hice fila delante de una hilera de carros que semejaba un convoy y que pronto iniciaría la marcha.
Miré otra vez alrededor. Mi padre fumaba mientras mantenía en el aire el diario doblado como en ocho partes.
De lejos me hizo señas. Me dijo que subiera. Que ese tren me llevaría directo a Baden-Baden.
El juego, por supuesto, me decepcionó por completo.
Seguimos caminando por el parque apenas iluminado.
Me extrañó que no se encontrara lleno. Había grandes zonas por donde no pasaba nadie. La calesita de los caballos y carros, por ejemplo.
El encargado del lugar tomaba, de un vasito pequeño, un líquido blancuzco, sin apuro.
Dimos dos o tres vueltas, con desazón, mientras arrastraba mis zapatos por el pedregullo.
De pronto lo vi. Desde lejos.
Le dije a mi padre; ahí quiero ir. ¿Estás seguro? Sí, a ese juego.
Nunca había visto algo similar. Para mí los laberintos solo existían en los libros y en los sueños.
Me encontraba frente a un verdadero fenómeno. No dejaba de abrir más y más los ojos para que todo lo que estaba viviendo pudiese quedar registrado como en una fotografía enorme.
Era un auténtico laberinto de espejos.
Podía ver las figuras alargadas de la gente, repetida en decenas o un centenar de cristales.
Se encontraba iluminado solo en su primera mitad: la parte más cercana a la senda de acceso. La otra parte se hallaba a oscuras o en semipenumbra.
Lo tenía ahí, frente a mí. El paseo había valido la pena.
El juego daba destellos con las luces que rebotaban en los espejos, y si bien no había una gran iluminación, se destacaba del conjunto.
Miré todo lo que me rodeaba. Mi padre buscaba un cambio en los bolsillos internos de su saco. Si bien había más público que en los juegos más cercanos, no era exactamente una multitud.
Observé el vado que lindaba con el parque, detrás de un cerco de alambre de acero.
Un niño despeinado y sin zapatos paseaba, de una correa, una oca. La guiaba con su soga, y con una varita –posiblemente de pino o de un tipo de árbol blando– la iba encauzando.
Llegó mi padre de la taquilla con un boleto para que entrase.
Lo tomé con ansiedad y satisfacción. Lo mantenía aferrado.
La puerta de ingreso se encontraba del lado derecho del gran cíclope de vidrio. Me parecía, desde allí, desde la misma entrada, un juego monumental.
Di mis primeros pasos por el laberinto lleno de gozo, segregando adrenalina.
Habían entrado conmigo unas seis personas. Dos de ellas niños y los demás jóvenes, quizá adolescentes, que reían y comenzaron a gritar en cuanto se echaron a andar por sus pasadizos.
Al rato las risas se perdieron. Algunos lograron encontrar la salida y sus voces se confundían con el murmullo de la gente que esperaba fuera, en la parte principal.
Había decidido atravesar el salón de espejos y salir sin que nadie ingresara para auxiliarme.
En cierto momento solo veía mi cara y mi cuerpo en el espejo que mirara, en una dirección y hacia otro lado. Entonces comprendí que me encontraba solo. Solo en la multiplicidad de espejos y vidrios que servían de tabique.
A medida que avanzaba en el laberinto, cuando me disponía a dirigirme al punto opuesto por el que había ingresado, en medio del camino hacia ese lugar silencioso y oscuro, sentía que Dios me había abandonado a mi mejor suerte.
Me iba golpeando la cara contra los vidrios paso a paso. Luego recorría con el borde de mi pie izquierdo el rectángulo de ese lado, con una mano y un brazo el rectángulo de espejo que tenía enfrente, y a la derecha con el otro brazo. Iba así, titubeando, yendo hacia un lado y hacia el otro, sin una dirección, sin la mera esperanza de avanzar más de dos o tres cruces, para luego volver hacia atrás, por lo ya andado, y empezar de nuevo el trayecto.
En cierto momento me invadió una gran desesperación. Veía mi cara en todas direcciones. Todos los que habían entrado conmigo habían logrado salir. Reían y sus voces se confundían con el griterío del público que, desde afuera, guiaba a sus amigos que recién ingresaban en el laberinto.
Me sentí perdido. No había plan concebido que me llevara fuera de ese infierno. Entonces me di cuenta que la salida no se encontraba del otro lado del salón, donde las luces se veían más tenues. Comprendí que solo la mitad del juego se encontraba habilitado y busqué, con esmero y con cierta desesperación, una posible salida hacia un costado, por el lado izquierdo, y luego por el frente del juego, en el lado opuesto por donde habíamos ingresado.
De golpe vi casi un centenar de buzos rojos que se repetían como una gran mancha de salsa delante de mí. Era una niña que llevaba el pelo atado con una cinta larga. Intenté seguir esa gran coloración. Me golpeé más de una vez la cara contra los espejos.
Por fin conseguí salir.
Una vez fuera del laberinto me tranquilicé. Me sentí aliviado.
Busqué con la vista a mi padre pero no estaba fuera del juego.
Entonces se me acercó un hombre con camisa beige de cuello grande. Encendió un cigarrillo y echó una columna delgada de humo. Sin mirarme, siquiera, me dijo:
–Vi que te perdiste en ese juego.
–Era más fácil de lo que pensaba –atiné a decir.
–Si, la cosa es fácil.
De pronto se instaló entre nosotros un vago silencio.
El hombre se me quedó mirando. Sacó algo de un bolsillo del pantalón. Apretó el cigarrillo entre los dientes y abrió una navaja. Era de tamaño regular. Luego sacó algo de otro bolsillo.
Con la navaja suiza hacía muescas en un lápiz. Era un lapicito pequeño, de grafo partido, que, a simple vista, había sido utilizado una infinidad de veces como instrumento de advertencia.
El hombre fumaba y cortaba, con una gran furia, trozos irregulares de madera, y los iba dejando a un lado, junto a su zapato. Parecían motitas de viruta.
–No sos de aquí… –dijo.
–No, pero me hubiera gustado nacer acá.
–Lo más probable es que te hubieras jodido.
–…
Se me revolvió de pronto el estómago. Alcancé a dentellar. No comprendí nada en ese momento.
El hombre guardó la navaja y el lápiz.
–¡Cuídense! –dijo, y encendió otro cigarrillo.
Después el tipo se marchó. Iba fumando su cigarro y daba grandes bocanadas que envolvían su cabeza.
Cerca de la entrada se reunió con otros dos y se fueron caminando sin apuro ni tapujo.
En segundos llegó mi padre con dos bebidas heladas.
–¿Te hice esperar mucho? Parecía que nunca ibas a poder salir de ese laberinto.
No alcancé a contestar nada.
–¿Está todo bien?
–Sí, claro. Vámonos a otro sitio –dije, y metí mis manos en los bolsillos.
Atravesamos los juegos y salimos a la calle.

DUILIO LURASCHI

Duilio Luraschi, Montevideo, 1963.
Colabora desde 1984 con notas, cuentos y reseñas, en publicaciones periódicas de Uruguay, Bolivia, Suecia, Francia y México.
Integra los volúmenes colectivos LA CARA OCULTA DE LA LUNA: Narradores jóvenes del Uruguay (1996) y LA MIRADA ESCRITA (2006).
Publica los siguientes libros de cuentos: VÉRTIGO (1995), EL DUELO (1996), EL HUÉSPED (1999), PROVIDENCIAS (2000, 2004), LAS FIERAS (2002), MONTENEGRO (2004), LAS LEYES (2006), LA FRONTERA (2008), EL CAFÉ FRÍO (2012), SOÑÉ QUE ETABA CIEGO (2012), LA OFICINA DE BLAKE (2014).
Realiza dos recopilaciones de sus cuentos: LA ÚLTIMA CARA (2001) y ESTACIÓN PEREIRA. Antología 1993-2004 (2005).
Escribe un guión cinematográfico inspirado en el cuento “ESTACIÓN PEREIRA”.
Se realiza un Cómic basado en su cuento VÉRTIGO y dos cortometrajes: POR ERROR (1999) y LA FILA (2009).

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YANG-BARA – JUDITH SANTOPIETRO

Regreso

nada mutila la esencia de mis pasos ancestrales

desde una estepa en la que nada entiendo.

La mujer negra revienta los granos de café

en el mortero;

la mujer negra

en los campos de algodón

donde urde el ritmo

recolecta la lejanía de los dioses.

Desde las quijadas de animales

brota la música,

es el rezo constante

de un aliento atrapado en mí.

Luz entre la carne negra

Luz de raíz negra

se vuelven las plantas de mis pies

iluminan el áspero viaje a la montaña.

Esta noche

en la danza de los cimarrones

convocaremos la oscuridad de los tambores encendidos

y entre nosotros

el canto se hará vértebra

de un dios animal.

(Del poemario Palabras de Agua, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes-IVEC, México, 2010).

Judith Santopietro

+Poemas

Judith Santopietro (Córdoba, Veracruz, México, 1983).

Premio Nacional de Poesía Lázara Meldiú 2014, Veracruz; obtuvo la beca del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico, Instituto Veracruzano de Cultura, 2011 y 2013. Investigadora visitante en Lozano Long Institute of Latin American Studies, Universidad de Texas, Austin, EE UU, 2012-2013; Maestría en Letras Modernas, Universidad Iberoamericana, México. Publicó en: Anuario de Poesía Mexicana 2006, Fondo de Cultura Económica; Árbol en llamas, compilación del taller Juntaversos de Saúl Ibargoyen, Sediento Ediciones, México, 2013; Memoria del Encuentro Nacional de Literatura en Lenguas Indígenas, Escritores en Lenguas Indígenas; y el libro Palabras de Agua, Ed. Conaculta, Ivec y Praxis. Participó en el Festival Latinoamericano de Poesía Ciudad de Nueva York, EE UU, 2014; XXX y XXXI Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería; Festival de Poesía Latinoamericana Rodante LATINALE, Instituto Cervantes de Berlín, Alemania; XVII Festival de Poesía de La Habana, Cuba. Recitales de poesía y charlas en 2014: The Department of Foreign Modern Languages, Ohio Wesleyan University, Ohio, EE UU; Casa de Cultura Benito Juárez, Embajada de México, La Habana, Cuba; Hispanic Studies Department, Oberlin College, Ohio, EE UU; Univeridad Autónoma de Querétaro, Querétaro, México; York College, The City University of New York-CUNY, EE UU; Librería Pórtico del Fondo de Cultura Económica, Banco Interamericano de Desarrollo, Washington D. C, 2013; Recital de poesía “Palabras de agua”, Maison du Mexique, París, Francia, 2010. Actualmente, radica en la ciudad de Nueva York, donde desarolla Editorial Cartonera Iguanazul: Literatura en Lenguas Originarias, proyecto de revitalización de las lenguas mexicanas entre la comunidad migrante.


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DEL POETIZAR Y DEL VERSIFICAR – JUAN CARLOS CASTRILLÓN

La evidente degradación provocada por el sistema más inhumano por excelencia, el capitalismo, debida entre otras sinrazones a la terca codicia de las clases opresoras, ha devastado enormemente toda realidad conocida, tal vez de manera irreversible. El milagroso producto más profundo del espíritu existencial, conocido como poesía, no ha sido inmune a esta suicida destrucción.

A finales del siglo XIX el triunfo (que en ese momento representó una revolución, y una prueba irrefutable de que la teoría política aplicada a la estética puede transformar el mundo) del verso libre-iniciado por varios poetas franceses, Khan, Mallarme, Rimbaud, Lautremount; y la siempre olvidada pianista polaca María Krysinska, que fue una de las primeras en experimentar con esta técnica-sobre otras formas poéticas ahora casi en desuso; además de liberar radicalmente la imaginación, también generó un fenómeno de emprobrecimiento literario, debido a la supuesta facilidad que resulta de escribir en verso libre. Asimismo la Vanguardias, promovieron una democratización de las artes, pero por desgracia también, filtradas por la ideología consumista , una patética banalización de lo sagrado, véase el triste caso de Dalí y los surrealistas. Reitero la certera consigna de Gil Scott-Heron : ¡Versificar no es poetizar! y agrego: ¡Rimar tampoco es poetizar!

Es tan grave la ignorancia y la pereza mental de tantos rimadores y versificadores que hasta llegan a considerarse “genios”, por el solo hecho de haber sido acreedores a algún premio, o cualquier otra dádiva del mediocre estado, eternamente servil a la clase explotadora.

El poeta norteamericano Williams Carlos Williams expresó que a él le interesaba escribir poemas sobre cuestiones cotidianas, tan comunes como contestar el teléfono o subir una escalera. Es célebre su poema donde confiesa haberse comido las ciruelas que estaban reservadas para la cena dentro del refrigerador; en aquel tiempo las aportaciones de Carlos Williams fueron importantes, introduciendo la coloquialidad en una poesía academicista, solemne y aburrida. En la actualidad la banal ideología del posmodernismo-reducida a simple “tendencia del pensamiento”, o a vil moda- ha impuesto una enfermiza frivolidad en la poesía oficialista, y por ende en todas las demás artes. Tres ejemplos contemporáneos, aunque evitaré poner nombres para evitar granjearme más enemigos, los aludidos son bastante conocidos en el medio ya que por supuesto, han sido premiados por los burócratas culturales: Un poeta publica en una recopilación de su obra un poema-con una impecable técnica por cierto- dedicado al papel higiénico, o papel de baño, no es ninguna sátira es en serio. Otro autor en otra antología versifica sobre su experiencia de mirar una mosca en la pared; y otra escritora gana un importante premio con un “poemario” sobre buscar un regalo de San Valentín para su esposo en un Mall. Y claro, estos son el tipo de “artista” que promueve el estado, el que perpetra un arte que nos obnuvila de la asquerosa realidad.

A principios del siglo pasado T S Eliot proclamaba que la poesía no puede darse el lujo de ser aburrida. Yo proclamo que la poesía no puede darse el lujo de ser banal, para eso ya están el cine, la televisión y el internet.

Escribir un poema únicamente para satisfacer el ego de la persona lírica es tan desproporcionado como querer matar una chinche utilizando una bomba de neutrones.

Brecht el imprescindible resolvió el supuesto dilema con versos  contundentes:

 

¡Qué tiempos estos, cuando/ hablar sobre árboles es casi un crimen! / porque ello encierra un silencio sobre tantos crímenes. 

 

Y el angélico Paul Celan-un ser experto en los silencios-le contestó en su poema Una Hoja sin Árbol:

¿Qué tiempos son estos,

cuando hablar

es casi un crimen,

por que ello encierra 

tanto ya dicho?

Yo me tomo el atrevimiento de aportar:

¡¿ Qué tiempos son estos/ cuando, poetizar es un crimen de estado/porque ello implica/luchar por la liberación de nuestro pueblo?!

La degradación poética claro que es otro crimen, otra devastación cometida cobardemente por el sistema de absurdos privilegios.

Un verdadero poeta es un sabio que con su acción-palabra provoca la voluntad mueve montañas de la humanidad. Poetizar es utilizar el verso materialmente sobre la psique vital para humanizarla hasta lo político, y así promover la superación histórica de las nocivas condiciones actuales.

-Juan Carlos Castrillón

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EL SILBATO – CUENTO DE VERÓNICA D’AURIA

“ y le añadió también el pavor”.

Ovidio

El edificio era como un oasis blanco en medio de bloques apretados de cemento y todas las casas antiguas parecían, aun las mejor conservadas, pequeños animales en vías de extinción. En realidad, más que un conglomerado de departamentos, estaba separado de otras construcciones como si fuera un barrio privado, con su portón gigante de hierro negro, con sus detalles dorados, con el nombre del complejo escrito sobre las rejas. A toda hora hacían turno dos porteros uniformados, preguntando el nombre de cada visitante y el apartamento al cual se dirigía. Por medio de un reluciente portero eléctrico se comunicaban con los propietarios y se abrían entonces las puertas de ese mundo ignoto.

Una vez adentro había un bello enjardinado con canteros de pensamientos lilas, amarillos y blancos y un césped cubierto de regadores. En los jardines había faroles esféricos como en algunas calles de París. Cada bloque tenía dos apartamentos amplios por piso y sus enormes ventanales daban los jardines posteriores y por los costados a los vecinos de su mismo piso, razón por la cual todos tenían la mayor parte del tiempo sus cortinas roller muy bajas, buscando preservar su intimidad.

En el apartamento 701 del bloque B vivía un hombre de unos treinta y cinco años que odiaba por completo la falta de luz y a menudo tenía todas las cortinas subidas hasta el tope. Su vecina era una mujer también joven, con aspecto nórdico, de pelo cortísimo, que se dejaba ver muy poco, como si siempre emprendiera largos viajes.

Como tantos departamentos de soltero, sus cosas estaban esparcidas por el lugar que más le convenía. Había revistas y buzos sobre el juego de ratán del comedor y sobre el amplio sillón de cuatro cuerpos. Una vez por semana venía a arreglarlo todo su única limpiadora de confianza, una mujer graciosa y corpulenta que sentía por él un afecto casi maternal. Pero el orden le duraba un par de días. Además estaban los perros, Chino y Trueno, dos dogos blancos que embarraban los ascensores alfombrados y habían mordido de cachorros el borde de cada uno de sus muebles. Pero a él no le molestaba vivir en el desorden, tirado en el sillón frente al televisor acariciando suavemente a sus animales.

Se despertaba a las siete para estar a las ocho en su propia inmobiliaria, cosa infrecuente en los dueños de algún negocio. Allí entraban los clientes de a uno o de a dos buscando la casa de sus sueños y él procuraba orientarlos en sus gustos y en las posibilidades reales de adquirir o rentar esos inmuebles. Con enorme paciencia les mostraba en la computadora o en las fotos de su celular las propiedades por dentro y por fuera. Respondía a todas las preguntas y al final los derivaba a algún empleado que podía acompañarlos a ver sus casas futuras con más detenimiento.

Era cortés y civilizado. Nunca se ofuscaba con clientes por más impertinentes que fueran. Tenía una sonrisa blanca muy sincera y muy tranquilizadora, que utilizaba a menudo para calmar las tormentas.

Pero detrás de la fachada simpática e impasible sentía a veces impulsos más feroces. Deseos de ser más primitivo. De tocar el centro de las cosas con las manos sin guantes y sin restricciones.

Ese espacio de su vida era ocupado por la caza con sus amigos. Cada vez que era posible iba a cazar jabalíes con un par de compañeros de su infancia. Eso le proporcionaba un placer instintivo y único. A veces pensaba de modo lejano que si se venía abajo la civilización, él podía buscarse el sustento como cazador.

Cuando salía con sus amigos compraba una botella de whisky en la estación de nafta y ellos traían el vino en una damajuana. Nadie tenía reparos ecologistas porque en ese lugar el jabalí constituía una plaga.

Los cazaban a la usanza antigua , con perros y cuchillos. Era más brutal pero también implicaba mayor peligro. Varios perros ligeros corrían a la presa hasta que la alcanzaban , rodeándola en medio de sus ladridos .El animal se apoyaba en sus cuartos traseros y sacudía la cabeza, procurando atacar con sus colmillos. Ellos llevaban suturas, hilo y aguja para coser los vientres de los perros cuando los alcanzaban las embestidas de los jabalíes. Se trataba además de razas muy costosas.

Cuando lo tenían cercado se aproximaban los dogos blancos, que con sus dientes afiladísimos y su mordida cuadrada inmovilizaban a la presa por el cuello para que no hiciera más uso de sus colmillos cilíndricos. . Una vez cautivo los amigos uno a uno le asestaban puñaladas en el pecho y en los costados. El jabalí, con las pupilas verticales, chillaba y gruñía cada vez más fuerte cuando lo iban desgarrando.

Él tenía filmados varios videos que veía en la computadora una y otra vez, insensible a los ruidos de la agonía. Los contemplaba cuando tenía añoranza de viajar en turismo o cuando intentaba perfeccionar su técnica. La sangre no le hacía mella. Solo sufría si llegaban a herir a alguno de los perros.

Pero ahora, con Chino y con Trueno semidormidos en los asientos de cuero parecía la imagen misma del equilibrio y la impasividad. Se había tomado una semana libre, para ver películas y emborracharse, porque algún empleado de confianza había quedado a cargo de la inmobiliaria. Esa tarde bebía una cerveza helada mientras miraba sin prestar demasiada atención por la ventana.

La nórdica había regresado de uno de sus viajes interminables. Durante un largo rato había decidido probarse la ropa como si tuviera que elegir el atuendo para una cita especial. Se combinaba las polleras cortas con sandalias romanas y una blusa sin mangas, luego elegía un vestido largo con plataformas. Cambiaba los colores y los accesorios, paseándose la mayor cantidad del tiempo en ropa interior por la habitación.

Él bajó la cortina gris humo y se dispuso a mirarla por un costado de la ventana, atraído irresistiblemente por el cuerpo tan atlético y el abandono con que se miraba en el espejo.

Se probaba un conjunto y otro con su visión focalizada en su propia imagen como si no tuviera todas las cortinas subidas, como si estuviera sola en medio de un desierto. Su juego alrededor del espejo de cuerpo entero era como una lenta danza para sí misma.

Esa noche, a pesar de haber bebido, casi no pudo conciliar el sueño. Veía en su mente cansada a su vecina joven y el espejo le devolvía la forma del cazador buscando abrazarla. Al intentarlo ella huía, ligera como un ciervo. Se despertó jadeando en medio de la madrugada. ¿El show había sido un intento extraño de seducirlo o ella simplemente vivía en un mundo muy lejano?

Se levantó y acarició a los dogos que movieron sus colas y reclamaron agua sin comprender del todo sus alteraciones horarias.

Se acostó de nuevo y volvió a soñar ahora con trámites que tenía pendientes en la inmobiliaria.

Al otro día por la mañana hojeó unas revistas de caza. Leyó sobre nuevas razas de perros resistentes mientras bebía media caja de jugo de naranja.

Miró los informativos en la televisión. Para que no lo encandilara la luz dejó bajas las cortinas de enrollar.

Pero el recuerdo comenzó a turbarlo. Desde un costado comenzó a espiar hacia la otra ventana buscando ver si se repetía una vez más el juego de espejos.

Los perros se movían inquietos, como si fuera a acontecer algo temible.

Un buen rato después ella hizo su aparición rodeada de una toalla. La dejó caer sobre la cama y se dirigió al espejo. Se miró largo rato de frente y de perfil. Se contempló el contorno de sus senos pequeños y sus nalgas pálidas y musculosas. Se tocaba buscando la firmeza de su cuerpo y decidió colocarse una loción sobre piernas y brazos.

Ël subió la cortina de un fuerte golpe y se dispuso a atraer su mirada. Pensó que el ritual estaba diseñado para que él fuera su único espectador.

Después de mantener un buen tiempo el rostro sobre la ventana, ella lo percibió. Los ojos de él ardían, buscaban y rogaban. Los ojos dorados de ella le devolvieron la mirada enfurecida mientras se cubría violentamente el cuerpo con la misma toalla.

Se colocó un vestido con una media luna bordada y se dirigió apurada a la mesa de luz. Tomó algo tubular, que parecía de lejos un bolígrafo y se lo llevó a la boca con furia. Era un silbato para autodefensa pero emitía sonidos muy agudos, a menudo inaudibles para los humanos. Comenzó a soplar. Sus mejillas se distorsionaron. Las pupilas as se volvieron verticales como las de un jabalí a la hora del ataque.

En el apartamento de en frente, los dogos comenzaron a gruñir como si hubiera un intruso dentro de la casa. El hombre se acercó a calmarlos pero los ladridos fueron aumentando.

Desde lejos el sonido del silbato los llamaba a la caza. Debían inmovilizar la presa para que no atacara. Desconociéndolo por completo Chino se le abalanzó a los brazos mientras que Trueno comenzaba a morderle las piernas. Era tan grande el dolor que no se percataba de la sangre que fluía de su piel cortada. Los llamaba suave, como cuando iba a acariciarlos “Chino,Trueno”, pero los perros parecían responder a otras voces y otros amos.

Enredado por los dos cuerpos blancos cayó al suelo, a la alfombra de hilo y los perros le mordieron el cuello como acostumbraban hacerlo con los otros seres que habían cazado. Las lágrimas lo ahogaron aun más. Después de los tenues gritos de auxilio perdió la conciencia.

Lo encontró después de un par de días la empleada de confianza cuando entraba con su propia llave. Tuvieron que darle dos tranquilizantes. Vio sobre la alfombra de hilo el cuerpo amoratado y los dos perros blancos lamiendo la sangre con los hocicos. Al verla movieron sus rabos, esperando alguna recompensa por haber cazado la última de sus presas.

Esos perros -le dijo la empleada maternal a los porteros uniformados_muchas veces atacan a los dueños.

Y se marchó con su bolsa llena de trapos viejos y pases para el ómnibus tratando de olvidar lo que había visto aquella clara tarde de verano.

VERÓNICA D’AURIA

***

Verónica D’Auria(1963) es docente de lengua y literatura inglesa en el Instituto Cultural Anglo-Uruguayo. Es Licenciada en Letras por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (Universidad de la República, Uruguay), donde se desempeña como docente de la Sección de Lenguas Extranjeras Modernas. También estudió periodismo entre los años 1982 y 1983 en la Asociación Cristiana de Jóvenes.
Ha publicado un libro de poemas concretos, (E)lecciones (Ediciones de Uno,1992), un libro de entrevistas junto con la poeta Silvia Guerra , Conversaciones oblicuas entre la cultura y el poder (Ed. Caracol al galope, 2002) y cuatro volúmenes de cuentos y narraciones: La última barrera (Ed. Caracol al galope, 2004) , Telón de fondo (Ed. Artefato, 2005)., Las Alas de Piedra(Ed Pirates,2008).y La cara de la muerte(Ed.Linardi y Risso,2014)