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Taller de poesía


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DE TODOS LOS ESCRITORES CONOCIDOS – ACERCA DE SAÚL IBARGOYEN – POR YAOUBA DAIROU

De todos los escritores conocidos, Saúl Ibargoyen Islas puede calificarse de defensor emérito del portuñol por ser el que mejor lo defiende, lo valora y lo exporta.

En cuanto defensor, Ibargoyen ha hecho una apuesta arriesgándose en un terreno prohibido por las diferentes políticas lingüísticas de los estados iberoamericanos y por los puristas de la lengua. En estos países, el español y el portugués se consideraban patrimonios nacionales que, por ende, no se debería salpicar de cualquier “mancha”. Desde muy temprano, Ibargoyen ya estaba en fase con el maestro ginebrino conceptor del famoso Curso de lingüística general. Para los dos, cualquier manifestación oral del lenguaje que sirve de medio de comunicación entre una población relativamente numerosa debe considerarse como lengua. En este sentido, con una orientación sociolingüística antes de la hora, la postura de Ibargoyen sembró los gérmenes de un compromiso político, lingüístico, social; unos epítetos que se completan con un largo etcétera.

Para una lengua o cualquier modalidad lingüística, no hay mejor valoración sino hablar o escribirla. O hacer que se la hable o que se la escriba. Considerada antaño como característica de gentes pertenecientes a la baja clase como los vagos, los vagabundos, los golfos, los analfabetas, las gentes pobres, etc., y por lo tanto de lengua de menor prestigio, el portuñol fue descuidado por los escritores y rechazado por las casas editoriales. Descuidado porque no constituía ninguna garantía de venderse y leerse, rechazado porque, además de estas razones, nadie se atrevía a escribir en esta lengua. Pese a todo eso, el portuñol fue captado, limpiado y dignificado por el maestro Saúl que hizo de esta modalidad lingüística su código de expresión.

También el maestro exportó el portuñol: a miles de kilómetros de Hispanoamérica cuando buscaba una obra literaria que me sirvase de corpus para mi memoria de máster hace unos años, me cayó en las manos una especie de tocino del cielo llamado Fronteras de Joaquim Coluna. Descubrí la obra en internet y Saúl me la envió generosamente hasta esas tierras lejanas de África, Camerún, donde ya se conoce el portuñol gracias a la obra del maestro Saúl y de mi posterior trabajo. Y hasta estaba listo a hacerme un nuevo envío cuando el primero tardaba en llegar: me acuerdo de que en uno de sus correos me decía lo siguiente: «si no recibiste el libro, mándame una dirección postal segura para otro envío.»

La literatura ibargoyena en portuñol es una literatura triplemente original: primero, la temática; luego la lengua; por fin el espacio. De los dos primeros aspectos ya he tratado en las líneas anteriores. Tocante al espacio, Saúl ha sido uno de los primeros en considerar el universo fronterizo como espacio de desenvolvimiento de sus personajes y de las escenas de las que eran actores o testigos.

Con todo eso, me parece que la comunidad iberoamericana le debe algo a Don Saúl. Algo de reconocimiento internacional. Algo como el nombramiento en cuanto presidente de una más que necesaria Academia Americana del Portuñol interesaría a muchos. Yo el primero.

YAOUBA DAIROU

Escuela Normal Superior

Universidad de Maroua

Camerún


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ZAPATOS ZAPATOS – SAÚL IBARGOYEN – POEMA

En esta frontera muchas lunas
como en aquella “milonga triste”
cayeron en el agua
aquí cerca de los áridos tierrales
que han cegado los senderos sin muchachas y sin cantos.
Se oyen crecer gritos
con sus lenguas arrancadas
y cuántas camisas y bragas y sarapes
y faldas y fajas y pantalones renacen
desmembrándose resecándose
en el añejo desierto adonde respiran
ciudades agredidas por un siempre sol.
Y las parejas de zapatos de cada día
que vemos reunidas largamente
sobre el hervor del pasto.
Hubo manos que dieron orden
a tantas soledades dispersas
y que alcanzaron aguas sagradas a los labios populares
y que dieron un sitio de bilingües palabras
a los cuerpos descalzos
y frijoles y tortillas y arroz
en un plato para todos.
Vendrán más zapatos
zapatillas chanclos botas sandalias huaraches
a entregar su carga
de múltiples hambres
de muslos varicosos
de pelos encenizados
de pétreos sudores
de sonrisas desdentadas
de ausencias inubicables.
Más zapatos vendrán
más y más zapatos
encendidos bajo el siempre sol.

-SAÚL IBARGOYEN


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SOBRE TODO Y NADA DE SAÚL IBARGOYEN POR NELIO EDGAR PAZ

TEXTO DE LA PRESENTACIÓN REALIZADA EN LA 29ª. FUL PACHUCA DEL LIBRO TODO Y NADA, DE SAÚL IBARGOYEN, SEDIENTO EDITORES, LLEVADA A CABO EL DOMINGO 28 DE AGOSTO 2016.

AUTOR: NELIO EDGAR PAZ

Hoy nos encontramos reunidos, una vez más, junto a una nueva obra, una nueva creación del novelista, poeta, traductor, editor, periodista y animador de toda actividad cultural que se precie de tal en cualquier punto del planeta. Ibargoyen, antes de que el concepto globalización apareciera ya había recorrido más de la mitad del mundo haciéndose presente con su literatura y sus lentes de pasta, esos que ahora están de moda, para dar testimonio de que en una esquina del continente sudamericano también crecían poetas. Esos, que eran herederos de la tradición de Herrera y Reissig, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou, Líber Falco, habían emergido del remolino político y social que sacudió a la sociedad uruguaya a mediados del siglo XX. Poetas oficinistas, poetas burócratas, poetas de militancia social y política, poetas alejados de aquella Torre de los Panoramas de Herrera y Reissig, que caminaban con zapatos desgastados los polvorientos caminos de ciudades y campos convulsionados por la lucha obrera y social. Agrupados casi siempre en torno a las preocupaciones de su generación, con el oído atento al topo de la historia propia y ajena, fueron templando palabras en la fragua de la década de los sesenta. Cuando las olas militares cubrieron de represión, sangre y dolor varias sociedades del Cono Sur, Ibargoyen descendió, otra vez como tantas antes, por la escalerilla de un avión para pisar suelo mexicano. Pero esta vez no habría regreso a su “matria” hasta nueve años más tarde, cuando él ya no era el mismo, cuando aquella sociedad de la que había sido expulsado también había cambiado, en parte para recordarle que los viejos y nuevos enemigos seguían allí agazapados, que los miedos no se disolverían con arengas ni consignas, que la construcción sobre las ruinas sin afianzar la memoria es una tentación para el olvido. Como tantos otros transterrados en el devenir de la humanidad, Saúl Ibargoyen intentó aferrarse a la “matria” de adopción, recorrió a lo largo y ancho su territorio, deambuló por México cosechando amistades y experiencias inéditas que luego de sedimentarse florecerían en giros lingüísticos e historias entrelazadas con un sincretismo muy atrayente para sus lectores. El libro que hoy nos reúne es resultado también de una de las preocupaciones e inquietudes del autor, con la visión siempre puesta en el puro presente, pero cabalgando en la hiperrealidad tecnológica que nos ha elevado casi a una raza de dioses.

Algunas de las novelas anteriores de Ibargoyen (Toda la tierra, 2000), Sangre en el Sur, 2007 y Llorar pa´delante, 2013) pueden tomarse como referencia dada la presencia en ellas de un tópico que incluye a personajes siempre al borde del despeñadero emocional y la tragedia personal, así como también es común el recurso de las múltiples voces que narran, en esta ocasión, la saga de la familia Hudson.

El patriarca de la dinastía, el gringo John Richard, ha amasado su fortuna luego de una explotación despiadada de campesinos emigrantes y muere violentamente a mano de uno de ellos. Su viuda entonces vende la hacienda y acompañada por su hijo Marcial cruza la frontera hacia un destino incierto.

Marcial será el constructor del imperio del café Kawa, que además de la exacta mezcla de los granos perfectos importados de regiones exóticas, se basa en el agregado no muy estrictamente dosificado de un polvillo blanco que eleva y potencia las cualidades de la bebida aromática. Su hijo Alcibíades conquistará mentes y mercados para la familia Hudson, pero también enriquecerá salvajemente a la dinastía enroscándose sin pudor con los políticos corruptos y con los poderosos medios de comunicación como Tevetodo, cadena de televisión propiedad de los hermanos Emilia y Emiliano Mascarra. Hagamos aquí una pequeña digresión: Kawa es el nombre de una región en Sudán que se localiza entre la tercera y la cuarta catarata del Nilo, allí donde los faraones Amenhotep III y Tutankamon construyeron templos dedicados a Amon, dios del aire omnipresente que luego se transformará, con el culto al sol, en Amon-Ra.

Micki, el delfín del imperio, protagonista estelar de Todo y nada, recorrerá su camino vital acompañado por personajes que solamente Ibargoyen puede crear. Así van haciendo su entrada al escenario Tu Chang, un chino que profesa la religión de los judíos mezclándola con el taoísmo y la lectura de la Cábala, un valet al viejo estilo del siglo XIX, pero actualizado para todo servicio de verdad, desde lustrar zapatos hasta prestarse de buen gusto a los tríos amatorios. Adriano es ahora el chofer de Micki, pero cuando joven supo ser un futbolista que se negó a aceptar la corrupción de la FIFA y se transformó en un paria. Amancia es la niñera que cumple para Micki con las mejores fantasías de un complejo de Edipo no realizado en sustitución de la madre, Antonieta Urrieta Mendieta, una descendiente de vascos falsos que compraron su apellido, porque en realidad descendían de judíos sefarditas, y nos encontraremos, cómo no, un cura, siempre hay un cura en las novelas de Ibargoyen, Bendito Puro Facholo.

La galería de personajes se extiende mucho más, algunos de ellos con nombres inspirados en emperadores romanos (Augusto, Neroncio) o guerreros famosos como Alcibíades, padre de Micki. En los Hudson la familia es el infierno tan temido, ese en el cual el padre de Micki “quiere poseer a todos, una especie de macho alfa permanentemente dispuesto a cualquier tipo de cacería”.

El hilo visible y cada vez más brillante del sexo practicado con todo y con todos, los diferentes especímenes de lo que hoy se ha dado en llamar diversidad, que aparecen desafiando inclusive la imaginación más atrevida, el ritmo galopante de una vida exprimida sin contemplaciones ni medida hasta la última gota, no excluye que surjan ciertas reflexiones sorprendentes tanto para el lector como para los personajes mismos.

Puedo casi asegurar que la novela de Ibargoyen está inspirada en la breve y expansiva vida real del magnate argentino Ricardo Fort, quien murió a los 45 años, en noviembre de 2013, heredero de una poderosa industria del chocolate, que acumuló al final de su vida más de 200 millones de dólares, dos hijos producidos en un vientre de alquiler y 27 operaciones en su sufrido envase carnal.

Esa persona real también utilizó la televisión para promocionar, vender y explotar no solamente su imagen, que de eso se trata la televisión, y de esa forma construyó su fortuna, al igual que en la novela Micki, aliado con los hermanos Mascarra, publicita a niveles insospechados el consumo del maravillos café Kawa. Así es como Micki, quien se considera un dios, porque con esa visión se ve reflejado en un espejo y así se siente, aparece entonces un día en los estudios de Tevedotodo con ropajes y plumas de Caballero Águila.

Pasemos ahora al estilo utilizado por Ibargoyen, apoyado en neologismos e invenciones de términos que recurren a la síntesis lingüística de regiones geográficamente lejanas, mezclados con personajes millonarios que se dirigen al lector usando términos vulgares mientras los más ignorantes, en apariencia, utilizan construcciones gramaticales exóticas unidas con parrafadas seudofilosóficas.

El novelista inventa y se apoya en varios narradores e incorpora los testimonios de informantes, fragmentos de diarios personales, espionajes mal realizados y que además se resumen, traducciones instantáneas al mejor estilo de los navegadores web. Así, el “escriba de pie” Ibargoyen nos invita a un juego en el cual las líneas escritas en papel de izquierda a derecha sorprenden por sus recursos irónicos, y ciertas pequeñas trampas también, que dejarán a la intemperie nuestra ingenuidad y esa fe ciega en la letra impresa.

Saúl juega con nosotros, pero juega también con la verdad establecida acerca del tiempo, aquel que hemos dado en llamar “tiempo real”, y se apoya en Stephen Hawking para confiarnos que “en esta dimensión los tiempos funcionan de otro modo”.

En varias novelas anteriores, el autor ha insistido una y otra vez sobre temas que son cardinales en el desarrollo de su narrativa: los tiempos simultáneos que se superponen y recombinan situaciones solamente explicables con la física cuántica, la política partiendo desde Sócrates y Platón, la escritura, la historia, los viajes y las fronteras, la identidad y las religiones. Debo aclarar que si bien el autor no cree en la casualidad sí es devoto del azar, que es otro dios diferente y con más poder. La inquietud de Saúl por el tiempo, la conexión de la palabra impresa con un o unos posibles lectores, aparece también en otros textos suyos, por ejemplo cuando nos dice en Llorar pa´delante (2013)

“Lo que cada lector lee es sólo la cáscara de un complicado acontecer siempre impermanente, tan subjetivo como colectivo”.

“El posible lector (o escucha, en caso de que le cuenten esta ya encarrerada narrativa), habrá de sospechar, casi de seguro, que algo no se ajusta a la contextura del personaje central”.

O bien cuando leemos en unas líneas de Sangre en el Sur (2007):

“Lo que es muy cierto, señor, créame, es que uno termina por no darse cuenta si vivió la coyuntura o se la contaron (…) o como una vez que alguien me contó mi propia historia que yo le había contado… como si fuera la de él.”

No ha sido el novelista, el narrador, quien inventó las clases sociales. Pero sí sabe muy bien de su existencia y de la tozuda voluntad milenaria que han acumulado los propietarios de vidas y destinos humanos junto a montañas de dinero para presentarse como seres diferentes, mejores, elegidos, tal como lo han hecho los Hudson con su imperio del café Kawa.

Saúl exprime y doblega una manera de escribir que ya domina en su narrativa y nos enfrenta a esa verdad que por sabida no es menos verdad: los poderosos y sus Academias de la Lengua han diseñado una estructura de comunicación a través de la semántica para disimular, engañar y ser “políticamente correctos”. Combatirlos en su terreno, sin confundirlos con molinos de viento, es el camino que ha elegido Ibargoyen desde que publicó por primera vez en 1954 El pájaro en el pantano.

Decenas de años y decenas de obras han pasado desde entonces por la vida del novelista, poeta, traductor, maestro de escritores, periodista cultural.
Lo más sorprendente de Todo y nada es el vigor y la potencia con que nos convoca a reflexionar en un tiempo donde la prisa, la inmediatez y la pasteurización de las ideas son las diosas reinantes.

Celebremos a este joven autor que sacude el árbol de las manzanas, no solamente para comerse la suya, sino para probar una vez más que la gravedad existe.


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Poesía Política de Saúl Ibargoyen por José Luis Megchung

 

En la poesía política escrita por Ibargoyen, se aglutinan por un lado, su experiencia como luchador social y hombre de letras así como un gorjear “humano”. Los temas palpitantes que se relatan están fuera del tiempo en que se escriben.

¿Es posible separar al hombre que afila su puñal con voluntad de dañar, como símbolo y presencia activa de la brutalidad, de los demás hombres?

Y esto no es imprevisto. Ferozmente, el hombre instalado en los poemas de Saúl muestra el salvajismo, da la muerte. El poema “Noticias” habla del veneno que supura el verdugo y el fiscal de un lugar cualquiera. La naturaleza es fiereza y es dulzura, pero cuando en un lugar determinado se presenta como cambalache lo puro por lo sórdido, entonces el dolor y la impotencia nos hacen buscar un lugar donde resguardarnos, pero no, “no hay lugar en la tierra para que el hombre descanse.”

En “Cero” el acto poético se presenta con un ritmo preciso. Se nota el conocimiento del autor al tocar el mito de la destrucción. Se ha separado con claridad el arroyo del mar donde desemboca. Es la conciencia que se ha liberado de la maraña del caos y el engaño, ambos producto del tres, dos, uno, cero que se oye antes del fogonazo. El deseo por no ver lo que acontece en circunstancias dañinas ha quedado olvidado, a cambio del logos que acaba con el mito del no lo sé o no puedo explicarlo.

Ciclo del buen burgués” es un poema de metro irregular, donde no aparece con facilidad el desencanto, pero la estructuración del poema, a través de la certeza del poeta, se rechaza la comodidad donde se instala un esquema social enajenado. En un paisaje absoluto, con la capacidad que él mismo sabe que posee es a la vez tiernas hojas y frondosas raíces. Las raíces le dan alimento espiritual, las hojas un misterio que lo hacen creador. Transforma así la imagen en razón y elemento poético; para expresar lo inexpresivo.

En lo general, en todo la obra se nota el conocimiento técnico, manejado con maestría. Y entonces resulta una feliz unión de imagen con racionalidad. Sin duda, hubo la necesidad de desbrozar la inspiración que puede resultar engañosa, pero que con la pluma de la experiencia, se producen versos de gran claridad expresiva y contenido humano.

¿Qué hace Saúl con su poesía política? Pone contra el suelo los mitos agresivos de las guerras, de la tortura, de lo infame del fusil y de las muertes que generan. No es hablar del pavorreal lo que nos da la sorpresa, son los actos atroces lo que el autor mete en el cajón, para que cualquier hombre pueda apreciar con claridad lo que es despiadado. Hablar del pavorreal debe ser lindo, pero no se trata de eso, en la tierra habita la brutalidad y camina. En este libro no se habla de adoctrinamiento ideológico ni de la moral que le es propia, no en el sentido filosófico. Se usa la claridad una vez que se ha exorcizado el estupor del autor. Entonces se llega al estilo, al tono, al ritmo de los poemas.

Y es a través de su poética que descubrimos al hombre y al poeta. Un hombre que se ha sometido a la escuela subversiva de la experiencia. Sus procedimientos han poblado la realidad en un transcurrir extraño y con sus expresiones pretende dar un grito de alerta al lector. Pues encierra en el cajón de lo accesible a esos seres torvos. Y sin embargo hay que señalar que los poemas no tienen la intención de erigirse en juez y dar castigo. Señala aconteceres terroríficos dentro de la sociedad, esa parte de la sociedad rapaz y malvada, que existe y que muchas veces no acepta ni comprende la parte noble del humano; sociedad que algunas veces exalta el crimen y aun admira a ese grupo de lobos sedientos de sangre y ejecutores de martirios..

Los versos de Poesía Política tiene la intención de hablar al otro, al hombre, mediante la puesta en práctica de un determinado suceso. Estos tienen una constante y es que se mueven entre el lodo y la sangre de esbirros y poderosos. El poeta que escribe es un ser aislado, el proceso de auscultación se da hacía el interior de quien escribe, y este tiende un puente de comunicación hacia el exterior. Con cuidado para no crear un mundo ficticio que se oponga a la realidad.

Usando la fantasía se llega a expresar una creación de la realidad. Esto es interrogar a las cosas, a los sucesos, a los otros. Por eso se considera al autor un ente social, aplicado a un deber. Dice el poeta Cesare Pavese en el libro Oficio de poeta:

Aquí está el deber y la justificación. O, se estimula su buena fe hasta comprender que los nuevos deberes son, ante todo, de humildad, humíllese desinteresadamente ante los otros, ante los compañeros, ante las cosas. Escuchar y aceptarse a sí mismo, no quiere decir debatirse en charlas, sino atender a su propio oficio, humillándose en ello, produciendo valores.

La conversación de la poesía debe ser libre y tratar de todo, con desenfreno. La poesía es verdad solo a partir de la sinceridad de la pluma del escribiente que tiene su fundamento en la razón y en el corazón; un hambre por decir sus amores o sus recuerdos o su vida oculta o infantil. Encender el espíritu de los tiempos. Se encuentra belleza en temas de presos de labriegos, de habitantes de casas lupanares, de los jóvenes y los viejos y aún quizá en la trivialidad.

La poesía de Ibargoyen no es una exhortación, no hace política ni estrategias de clase. Pretende ser una poesía universal y no local, no habla de las incongruencias y desgracias del extraño México. Es una poesía dirigida a todos los que somos.

Los temas tratados están en un monolito de asuntos varios. De ahí se desprenden pedazos y el autor trabaja y alumbra a estos en la constancia y la experiencia. El lector recorre las páginas del libro como en escalofrío, sintiendo el escalofrío de personajes que representan cientos de gentes que han transitado en el horror. ¿Y habremos de decantar los hechos, lo vivido y la dureza de los mismos? Si, se decanta y la voz dicta a la mano escribir con sensibilidad lo que ya no está en el tiempo en que sucedieron.

Es el punto de decir que hay autores de renombre que han expresado a través de la poesía temas políticos:Neruda , José Martí, de Nicaragua Ernesto cardenal y el hondureño Roberto Sosa, entre oros. Cada uno con su estilo y su momento y obvio dibujado con la personalidad humanista de cada autor. Por eso se da la posibilidad de tratar el tema ligero o fuerte. Y esto toca juzgar al lector de dichas poéticas.

José Luis Megchún G.

Ciudad de Tuxtla, Chiapas. Julio 2016.


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SOBRE LA IRA DEL SAPO DE ULISES PANIAGUA-MARTHA LETICIA MARTÍNEZ DE LEÓN

La simbología interior es el hogar de cada palabra

Martha Leticia Martínez de León

Texto leído durante la presentación de la novela “La ira del sapo” de Ulises Paniagua.

Leer un libro implica olvidarse del autor, sí, cuando se toma un libro, son las propias experiencias las que van guiando la lectura, el escritor pasa a segundo término y son las palabras las que se adhieren a la vida de quien lee, de ahí que existan grandes clásicos, de ahí los grandes autores, hombres que han logrado hacer de su lenguaje un hogar para cualquiera que necesite refugiarse de la lluvia, del sol, de la compañía, cuando un autor no suelta las palabras hacia la vida del otro, no entrega, el vocabulario se adormece y se pierde, de ahí también que existan tantas obras olvidadas.
De estos dos actos, el primero es el que tiene que ver con la escritura de Ulises Paniagua y con su trascendencia en la literatura, el autor logra construir de cada palabra un hogar para el lector, quizá esto tenga que ver con su carrera, la arquitectura, así como una construcción tiene que ser bien planeada, diseñada y construida de la misma forma la obra literaria de Ulises es cimentada.
La ira del sapo, es una novela que muestra un mundo construido en base a una realidad adulta el cual no da paso a la juventud, pero, desde mi lectura es un mundo que a pesar de ser creado por Dios para el hombre, este se ha encargado de repartírselo.
Hablo de Dios, claro está, porque mi días y mis estudios se fundamentan en Él, no podría ser de otra manera para mí, por ello al principio aclaro que el autor en la lectura es olvidado.
La ira, siendo uno de los siete pecados capitales, implica que a partir de ella se desatan otros males hacia el hombre, la ira no es un sentimiento parcial, la ira es una emoción que se siente desde el interior, que pasa por el alma, las emociones, las sensaciones, hasta hacerse corporal y manifestarse en la violencia en un acto que implica un segundo, la ira, tiene como característica que es muda, que se va creando poco a poco, se va preparando hasta que en un segundo acaba y destruye.
El sapo, símbolo de la luna, para oriente y Centroamérica es el compañero eterno de la lluvia, es un animal que se muestra a los hombres en el momento en el cual la sequía absorbe la tierra, dando esperanza, para los celtas en cambio es un signo de las fuerzas del mal, para el Egipto faraónico es un símbolo de regeneración y resurrección, para los aztecas es el símbolo de la tierra, un atributo de la muerte, y para el arte occidental es el símbolo de la lujuria, del orgullo, de la avaricia.
Es así que tan sólo el título del libro ya otorga muchos significados, los cuales se encuentran plasmados en cada uno de los personajes, los cuales se enfrentan a un mundo que pareciera no quiere aceptarlos, pero también un mundo propio que no acepta al otro.
El libro se divide en tiempos el ahora, el ayer, el ahora, irónicamente, ese ahora se fundamenta en el pretérito, y el ayer en el presente sin futuro, es así como cada hoja es la analogía de un reloj descompuesto que marca un tiempo atrasado y en ocasiones adelantado, pero nunca marca realmente el instante, las páginas que son como segunderos, describen el interior de los personajes, sí, el interior, a pesar de las acciones físicas que se realizan, lo magnifico de esta obra es que cada personaje tiene como exterior su interior.
Es interesante que en determinados momentos de la lectura, se hace una pausa y se muestran características de animales, para mí cada una de estas pausas muestra son parte de nuestra esencia:

  • La serpiente: tan íntima para tierra, tan amenazante, tan temida, con una capacidad instintiva de destruir y de proteger, tan cercana a la vida y tan impredecible como la muerte, con una belleza sorprendente que es capaz de asesinar, tan parecido al ser humano.
  • Tarántula: símbolo de la fragilidad interior frente a una dureza exterior, lo cual hace la hace inestable e inconstante, similar a las emociones humanas.
  • Fulmar: símbolo de la hipocresía.
  • Lagarto: su ansia de la luz, lo ha llevado a ser el símbolo del anhelo de Dios y del conocimiento, de la inmortalidad, su muda de piel se relaciona con la resurrección y la renovación, necesidad que tiene todo ser humano, porque quien se queda estático y muere en la oscuridad y el frío de lo cotidiano, por ello también se le asocia con la pereza. Es así como este animal muestra dos características de los seres humanos.

Esta novela narrada desde un lenguaje sencillo sin conceptos abstractos destila dos historias la social, lo que se ve, lo que cansa, lo que segrega, margina, atemoriza, lo que obliga a dejar de ser, pero paralelamente vislumbra lo que se lleva en el interior lo que se siente, lo que duele, pesa, se arrastra, lo que poco a poco lleva a la ira, así, cada persona sin importar la edad nos reflejamos
en cada personaje, en cada animal, en ese sapo que sale para exponer que la esperanza existe cuando cae torrencialmente la lluvia.

Martha Leticia Martínez de León… Silencio
Hermeneuta en Libros Sagrados.

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POEMAS DE MARIANA AYÓN

 

LA CIUDAD Y LAS ERAS
(..) Silba mi madre un camino largo. El sol a cuestas en los hombros de mi padre. Yo soy el muerto.
Calló mi madre. Mi padre anocheció. Yo soy el que en la madrugada aprendió a arder (…)
Enrique Carlos
La calle, el asfalto, los espejos de agua cubren de olvido. Resistencia, Omisión. Hablas, pintas de amarillo, blanco, naranja. Tiendes nuevas telas sobre las telas, velos que el viento mueve. La casa está en la calle y la calle es también ciudad. Debajo del asfalto está la tierra y más abajo otras eras de gigantes reptiles y microorganismos. Arrebaté tus alimentos agrios, viajé a ciudades que parecían nuevas. Saqué las lágrimas y me rompí las pestañas pensando que el dolor era mío. Miraste la tierra y no veías más de tanto ver al sol, sin darme cuenta enceguecía al alejar la noche de tu lado. El cielo cae en la ciudad, caudales de llanto de hombre. Miro llover y suelto tus viandas envenenadas. Tus padres han dejado la casa, se fueron a brillar con él, aunque él ardía. Su canto hiere la calle, no hace mucho el barullo era tu fiesta, ahora los bramidos de tu madre rompen en este día que ni es domingo, ni habrá que ponerlo en la semana. El tiempo no borra, carga a otros con el mismo peso. La niebla traga con fuerza y con ella te deslumbras como si miraras al cielo. Hay una ciudad oculta debajo de la alfombra.  —¿Y la chiquis?— te preguntas y te cubres la boca por temor al castigo, fuerte fue la sanción a tu interés, ahora olvidas preguntarte por ella y parece te olvidas de ella, pero su nombre regresa entre caminos de tierra. Vuelves tus ojos al cielo y la luz te distrae. Sí, olvidarla también a ti te duele. Cierras la puerta y quedas fuera, o dentro, a quién le importa cuando ya no hay muros y la bóveda, hace mucho es celeste. Huele a incienso, a copal y mirra. Los rezos, las oraciones, el barullo en la cabeza para dejar de pensar y entonces dormir el cuerpo que también sufre. Repetir por el progreso y mirar el futuro, el pasado ha dolido y mejor entender.
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DIOSES DE LA NOCHE II
             a Bertolt Brecht
—¿Vas a volver?
Los Dioses de la noche
salen,
aman
y dicen
lo que una sabe.
Despedir tiene diferentes
verbos,
a veces
cambiar.
—¿A qué hora amanece
cuando es de noche?
La oscuridad permea,
tenemos hambre
y no sabemos tomar el pan,
a lo mejor no será nuestro.
Hermana, sólo nosotros
que tenemos hambre
sabremos darte el pan.
La casa es amplia
y las bestias son mansas
dentro, esperaba mi corazón
no diera vuelcos.
Hermana,
sólo nosotros sabemos
del corazón,
nosotros que estamos heridos
y que nuestra fuerza
ha sido el dolor.
Nosotros que esperamos
y tenemos el alma amplia.
Limpio la mesa,
las sábanas,
lavo mi cuerpo.
El destino es un nombre
extraño
cuando debo elegir.
Tomar,
tomar,
tomar.
—¿Dónde están los que piden,
los que buscan?
Sé esperar,
mas ¿cómo habré de buscar
ahora
que me escancio
en la noche?
Hermana,
los que estamos perdidos,
los que tenemos
sed,
sabemos encontrar,
ven con nosotros,
los que no estamos solos,
te enseñaremos a buscar,
a volver.
.
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¿DÓNDE QUEDO YO yo?
No he podido limpiar la casa, abrí la nevera y estaba todo frío, la franela en el suelo,  el aroma a sur y madera, hay muchos rincones donde queda algo y eso que el terreno era plano. La poesía es un elemento de la memoria, por eso me acuerdo que Francia es el país de los testigos.
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MARIANA AYÓN


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EL CANSANCIO DE LAS COSAS

 

Preguntarse cómo decir del modo más exacto lo que se descubre es una tarea que enfrenta todo escritor. Leí hace tiempo que nada es propiamente nuevo sino que todo lo aparentemente novedoso estaba ya ahí, a la espera de ser descubierto por la percepción de uno, de alguien, de otro. Poeta es quien da cuenta de algún evento o parecido o relación entre cosas que ya estaban ahí, a la vista de todos, pero que sólo desde su experiencia poética pudo develar para luego expresarlas del modo más preciso, acorde a su descubrimiento.

Por eso el poeta se pregunta cómo decir, luego de tener una revelación. Se lo pregunta porque intuye que el lenguaje es un abismo; “¿Sabes tú desde cuándo existen / Estas palabras / Estos trazos sencillos / Que ahora dices que escribes?”, acaso se plantea el vate esto que escribe Saúl Ibargoyen en su libro Escribanías. Sabe que las palabras que usamos son reliquias venidas de no se sabe dónde, ni de qué tiempo; que el lenguaje es la materia más desgastada y más plástica con la que se puede construir cosas intangibles. Sabe que el esplendor del verso no está en la novedad misma sino, como quería Bonifaz Nuño, en “decir de otro modo lo mismo”. Un modo que arranque las células del autor que las pronuncia, que lleve algo de sí, porque “en estos artificios / También entra tu sangre”; así lo escribe Ibargoyen que pregunta por qué callar que en cada verso también está uno mismo aunque las palabras sean de otros.

Escribanías sitúa pues este problema que me parece esencial de la poesía: cómo decir. Los once poemas que conforman la plaquete del poeta uruguayo atraviesan esta cuestión; sabe Ibargoyen que “Cada negación es también y siempre / Palabra que quiere ser otra trama de trazos / Que busca en lo informe soltarse / Del puro sonido que la saliva congrega / Apartándose de materias y destellos / Que movidamente la fijan en sí misma”. Decir de un modo una cosa en una página es negar en ese sintagma sus otras miles formas de articularse; es invitar a otro a colmar con su experiencia y sus palabras, con sus propios trazos, un hallazgo similar.

Por eso en Escribanías hay una relación muy natural con la luz, pues en el sentido expuesto el nombrador sólo ilumina las cosas haciendo, claro, que nazcan también nuevas sombras: “Y en los fulgentes fotones de cada mañana / Hay coágulos de luto que no dejan de caer”, se lee en el poema “Porción de sombras” donde se dibuja una enumeración que desnuda la extrema dependencia de la luz a la sombra y viceversa. Esa es la experiencia de la poesía: descubrir algo que, luego de nombrado, deja siempre en la penumbra algo más.

Nuestra relación con el mundo está mediada por el lenguaje; llamamos a las cosas de un modo, consenso de nuestra cultura, para fingir que nos entendemos. Pero el bardo se da cuenta de que las cosas también se cansan de sus nombres y, como escribió Eduardo Lizalde, “piden a gritos su poeta”. Por eso en el poema “Fatiga de las cosas” Saúl Ibargoyen inicia con el epígrafe de Fernando Pessoa que se pregunta si “no habrá un cansancio de las cosas, de todas las cosas, como el de las piernas o de un brazo”, y luego contesta Saúl con su poema: “Las cosas así llamadas cosas / Parecen estar cada vez / Más cansadas de sus íntimas moléculas / De su fuerza de ellas / Que las apega al circo de todo lo terrestre. / Y no pueden dejar de ser las cosas nombradas / Por bautismos o verbas mudas / Que nadie en apariencia engendró”. Frente a esta fatiga Ibargoyen delinea la tarea del escritor, de quien usa el pulso para trazar en una superficie lo que se piensa como una extensión de la voz: “Y las manos endedadas tratan de inscribir / Otra denominación para las cosas más cercanas / Otra posibilidad de respirar sílabas nuevas / Otros sonidales que sean el habla / De las cosas: su dialecto íntimo / Su hálito insomne. / Y los espacios arden / Y el tiempo se apaga”.

Pero no todo avance se da desde la certeza; más bien al contrario, nace de la pregunta; así lo muestra en “Preguntas” el poeta uruguayo quien practica la duda, la pregunta misma, en sus versos; por eso se cuestiona: “¿Estará ese cansancio reiterado / Dentro del nacimiento de cada cosa en sí / O sólo sabemos de ese desgaste / Cuando se retrata nuestra sombra / En un espejo de vidrios retorcidos? / Es así que a veces una cara / Se reconstruye a sí misma / Para pelear con nuestra memoria / Pesadamente espesamente”. En efecto, no sabemos si son las cosas quienes están fatigadas de su forma de ser nombradas o somos nosotros los exhaustos de nuestros nombres propios, de nuestro rostro aparentemente siempre el mismo, de nuestra manera nombrar. Pero frente a ese cansancio es que escribimos, que buscamos decir de otro modo el rostro, la lluvia, las masacres.

Pero escribir de lo ausente no es propiamente lo difícil, dice Saúl que “Siempre es fácil palabrear sobre la lluvia /Aunque no veamos su danzante cuchillería / Ni caiga en nuestras manos su tinta inconsútil”, sino reconocer el dolor de la creación intangible, pues “Es dolido aceptar que la palabra lluvia no llueve / Y que el verbo tronar es silencioso / Y que el relampaguear que se escribe / Rechaza la luz / Y la acción de abrazar sin cumplirse se extingue / En el papel el barro o la pantalla”. Es doloroso porque a veces sólo se puede ofrecer una palabra ante la catástrofe de otros, sólo se puede acompañar con el verbo o crear en un espacio ajeno al propio: el espacio interior de quien lee y completa en su lectura el poema. Pero también, y ahí está el reto, la cuestión fundamental, entender que el poema es sólo una posibilidad que se extingue si no logra salir de la página, mover al lector un ápice, acaso romper un poco sus músculos.

Los poemas de Ibargoyen salen de la página y saltan al espacio feraz de quien los lee; provocan un movimiento interno que, como alguna vez le escuché a Manolo Mugica, es crecer hacia adentro.

-Giorgio Lavezzaro

“Escribanías”, Tintanueva Ediciones, col. Oscura palabra, México, 2016.